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“Haga como yo, no se meta en política”



Como ya se me ha convertido en costumbre, antes de un Pleno, tomo un café en la Plaza de España. Me acompaña una tarde gris que no invita todavía al paseo de otras fechas y otras horas. Trabajadoras públicas de una Escuela Infantil de la localidad regresan de su jornada laboral y nos preguntamos si el Gobierno del PP ya ha cubierto las bajas de personal en este centro de atención y educación infantil, que recientemente habíamos denunciado.
Minutos antes del antepenúltimo Pleno de la actual legislatura y en la supuesta Casa Palacio, un temblor de tierra recuerda nuestra pequeñez, dando la señal de inicio de un Pleno en el que somos conocedores, ¡bueno! menos el Alcalde, que afirmaba no conocer, del Auto del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha en el que se señala que, no habiendo ningún tipo de indefensión, ese Gobierno Municipal está obligado a cesar a los cargos de confianza designados directamente por la Alcaldía.
Un Pleno al que este Concejal aportaba tres de los siete puntos inicialmente previstos y entre los que se encontraba un ruego solicitando el apoyo del Pleno Municipal al Comité de Empresa del centro de trabajo de Tecnobit en Valdepeñas y la creación de una comisión municipal que se reúna con la dirección de la empresa y conozca los planes de la misma en lo que afecta a nuestra localidad. Ruego que no fue admitido por el Sr. Alcalde.
“Haga como yo, no se meta en política”. Cuenta la leyenda que con tal consejo zanjaba el dictador Francisco Franco las discusiones entre sus ministros cuando se ponían tensos. Entre todas las herencias dejadas a la cultura política española por aquellos cuarenta años de silencio, ninguna resiste tan bien el paso del tiempo como la aversión a la política, hasta convertir a la misma palabra en un adjetivo calificativo de la peor ralea. Basta con catalogar cualquier cuestión como “política”, para que caiga sobre quien se atreva a insistir la peor de las maldiciones. Y esta herencia la conoce y explota a la perfección Jesús Martín.
Se plantea una situación dramática de pérdida de empleos en Valdepeñas y los trabajadores se movilizan y luchan. Sus representantes, sin ningún interés personal espurio, se ponen al frente, negándose a que una empresa más, industria puntera de Valdepeñas, sea desmantelada. Y Jesús Martín, instalado en su papel habitual de “hooligan del Fondo Norte” de la Sala de Plenos, se comporta como el púgil tramposo que, rodilla en tierra, tira arena a los ojos de quienes le piden un mayor liderazgo. Este alcalde, en una especie de proyección psicológica, atribuye a los demás intenciones y comportamientos egoístas que corresponden a lo que él haría en esa situación. Ante cualquier acción limpia, transparente, desinteresada y legitima, su espejo, cual el de la madrastra de Blancanieves, le devuelve una imagen distorsionada, fea, insolidaria. No somos iguales, Sr. Martín.
Pocos senadores y menos alcaldes conozco, que tantas veces hayan utilizado y utilicen el viejo axioma del franquismo (de que “no nos metamos en política”), para que dejemos de pedirles explicaciones sobre las cosas que realmente nos importan y nos afectan. Sigue matando a Aristóteles (y negando su aportación conceptual a la cultura europea del “zoon politikon”). Pero todavía resulta más curiosa y reincidente la componente misógina cuando se ataca con vehemencia la participación de las mujeres en la vida política, sindical o social, obviamente, si no le siguen la corriente ni se pliegan a sus designios. No somos iguales, Sr. Martín.

POSTDATA: En vísperas de un nuevo 8 de marzo mi afecto y reconocimiento a todas las Inmas, Conchas, Marías Josés, Manolis, Julias, Paquitas o Agustinas… por creer y hacer posible un mundo mejor y mi solidaridad porque, en ese esfuerzo, se tengan que verse cuestionadas por actitudes misóginas de cualquier sátrapa incapaz de hacer algo tan desinteresadamente como muchas mujeres a lo largo de la historia han demostrado ser capaces de hacer.


26/02/2015 |
 
     
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