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Politización del Día de la Mujer



La adopción del 8 de marzo para la celebración del Día de la Mujer, en conmemoración de los hechos trágicos ocurridos en una fábrica textil de Nueva York, incendiada mientras sus trabajadoras se manifestaban dentro en demanda de unas condiciones laborales apartadas de la esclavitud fue y es una iniciativa de naturaleza política. Para eso sirve la política, para promover leyes y acciones que mejoren la sociedad y la vida de las personas. Cuando esta legítima aspiración es capitalizada para un aprovechamiento partidista, la acción política se degrada y acaba por contaminar las demandas y reivindicaciones de la ciudadanía.
En el contexto de un gobierno central imposibilitado para aprobar los presupuestos del Estado y con el horizonte de unas elecciones municipales y autonómicas esperando a poco más de un año, se plantean distintas movilizaciones; las de pensionistas por un lado y la feminista del 8 de marzo por otro, que no tendrían lugar con la izquierda instalada en el gobierno de la nación, pese a que las injusticias y desigualdades que motivan esas protestas no han sido resueltas ni por éstos ni por aquéllos cuando han tenido ocasión.
Nadie con un mínimo de sensatez puede negar la realidad de la brecha salarial, de que en poblaciones como la nuestra, el paro femenino duplica al de hombres, que la conciliación trabajo-familia-persona sigue siendo un escollo mayor para ellas, que la promoción laboral y profesional les deja en desventaja, que la toma de grandes decisiones sigue más en manos masculinas, que la maternidad representa una carga personal muy superior a la paternidad o que la pensión media entre mujeres jubiladas es menor. No habrá quien ignore la evidencia de que es precisamente esa desigualdad por razón de sexo, con origen en una cultura patriarcal que no acaba de extinguirse, el cebo que alimenta la lacra de la violencia machista, como tampoco habrá quien niegue que en materia de igualdad se ha avanzado, y no poco, en los cuarenta años de nuestra democracia.
Cualquier persona, mujer u hombre, secundaría y participaría sin equivocarse, en la huelga feminista de dos horas convocada para el 8 de marzo en las empresas y sector público, aunque suponga soslayar el indudable trasfondo y móvil partidista que la sustentan. Quienes vemos el partido desde la grada, no acabamos de entender que el sesgo partidista que encierra una reivindicación perfectamente asumible desde cualquier opción democrática, sea determinante para dejar de apoyarla. Que se deseche el todo por la parte.
En el argumentario que la derecha está esgrimiendo en contra de la huelga figura el calificarla de “elitista” e “insolidaria” porque descarta de la convocatoria a parados y personas que no buscan trabajo. Idea frágil a nuestro modo de ver, porque sería aplicable al propio derecho de huelga amparado por la Constitución. En todas las huelgas –incluida ésta- paran quienes trabajan.
En línea con las Leyes de Igualdad, la del Estado y las de las Comunidades, es tiempo de abordar una Ley de Igualdad Laboral en el Parlamento que ayude a avanzar en el equilibrio entre hombres y mujeres en el trabajo y, por ende, en la sociedad.

Machismo entre mujeres

En el plano de la desigualdad por razón de sexo, uno de los factores que más contribuyen a anclar esta realidad es claramente el machismo ejercido por y entre mujeres. Un asunto de abordaje complicado, porque es materia sensible ante el radicalismo.
Una persona que lo ha sido todo en el movimiento asociativo de Valdepeñas, única mujer de esta ciudad que se ha sentado en un escaño del Parlamento, entraba esta semana en ese delicado terreno. En una rueda de prensa, lamentaba que aún hayan mujeres que asuman que tienen que cobrar un salario menor, porque dan por hecho que su preparación es en todo caso inferior. Las bromas, comentarios y críticas de mujeres hacia otras cuyas parejas planchan, cocinan o barren en sus casas; y mucho más allá, las mujeres que abren un margen de sospecha de culpabilidad en mujeres víctimas de violencia de género, son posiblemente la mejor garantía para que todo siga igual. Cuidado.


01/03/2018 | JULIÁN GÓMEZ
 
     
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