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No saber ganar



Como en el cuadro La Libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830), bajó una rampa Susana Díaz pletórica, triunfal e impasible el ademán cuando ganó las elecciones autonómicas a la Junta de Andalucía. Y por eso en Andalucía se acabarán el hambre y las penas para siempre jamás. O no, porque si finaliza por fin la opresión en Andalucía, ¿con qué argumento de triunfal bajará la rampa Susana Díaz? Al igual que en el antedicho cuadro, Susana parecía venir de batallar para salvar a la mismísima libertad de prensa de las garras del rey opresor quien, en este caso era ella misma, pues ella misma es quien estaba antes. Una corte de ciudadanos la arropaban igual que en el cuadro y a la Libertad que guiaba al pueblo, o sea, a Susana que bajaba por la rampa, solo le faltaba la bandera tricolor francesa en una mano y un fusil en la otra. Habría estado bien poner a sus pies un soldado moribundo con el rostro iluminado y contento de su destino por haber luchado contra la tiranía. Así, bajando por la rampa venía Susana Díaz formando junto a sus compañeros que hacían guardia sobre los luceros. Como en Mayo de 1968, marchaba Susana Díaz por la rampa abajo, como si acabara de inventar el lema “la imaginación al poder”. Como si llevara a Marcuse cogido de un brazo y a Jean-Paul Sartre cogido del otro; como si acabara de enfrentarse a los tanques en la primavera de Praga; como si viniera de ocupar el Pentágono en una manifestación contra la guerra de Vietnam. Pero los hechos son que solo venía de enfrentarse contra un opresor que se llama Juan Manuel Moreno.
Imbuida por un sabor a mojito con exceso de azúcar a Susana se le olvidó la compostura inherente a saber ganar. Dejó exhibir un triunfalismo casi indecente cuando lo único que pasó es que ganó por mayoría relativa lo que debió ganar por mayoría absoluta. Saber ganar es necesario sobre todo por una cuestión evidente de buen gusto. Faltar a la elegancia en un triunfo político es enfangarse directamente en el kitsch y de esto no hay imagen personal que se recupere. A propósito del kitsch político escribió Antonio Muñoz Molina “El kitsch es el imperio de los aspavientos incontrolados de la emoción y la sensibilidad”. Justamente en esa dinámica de excesos de victimismo y en la emocionalidad hortera se ha movido Susana Díaz. Incuestionable su verborrea de rebujito, su demagogia eficiente y su carisma impostado. Solo le ha faltado saber ganar precisamente porque en breve llegarán las amarguras del éxito: los pactos y la aguantadera de incómodos compañeros de viaje. Hace muchos años un militante sobreapasionado por el éxito de su partido en unas elecciones municipales no dudó en cargarse en los hombros más de cien kilos de alcalde. Debajo del alcaldable, el ciudadano apasionado mostraba la imagen kitsch de la alegría. No supo ganar por lo que fácilmente se adivinaba que menos aún sabría perder.


30/03/2015 | Aurora Gómez Campos
 
     
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