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Debate de guiñol



Se desconoce de antemano cuántas horas tardarán en debatir el estado de la nación. Pero tarden lo que tarden, deberán alcanzar la sencilla conclusión de que la nación se encuentra mal, realmente mal. El partido que gobierna intentará convencer al electorado de que ha realizado bien su función y, por su parte, los demás partidos políticos acatarán el roll que les toca y sus portavoces intentarán convencer a su electorado de que el actual Gobierno ha ejercido tenebrosamente sus funciones. Horas y horas, turnos de intervenciones plomizos en que la vehemencia se finge y se interpreta en sesiones parlamentarias eternas. Este debate fue institucionalizado por Felipe González como instrumento de control formal del Congreso sobre el Gobierno. Sin embargo, aquel Presidente no daba puntada sin hilo y sabía que el citado debate sería el mejor escaparate para reafirmar el poder que uno ya tiene o para recuperar el poder perdido. Hoy por hoy el debate del estado de la nación no convence si se piensa que consiste en una suerte de teatrillo donde el libreto se lleva escrito al escenario y el actor ni siquiera se toma el trabajo de estudiárselo. Siendo teatro leído este debate atiende a todo menos a la nación y su estado. Y este hecho queda demostrado con la infalible pregunta que aflora siempre después de su celebración en todos los medios de comunicación: ¿quién ha ganado el debate? Si el resultado del debate se focaliza en qué líder político ha ganado, es lógico pensar que el debate no versa sobre el estado de la nación sino sobre el estado de los respectivos líderes políticos. Como en la obra Los intereses creados de Jacinto Benavente, el debate sobre el estado de la nación parece una farsa realizada en teatro de guiñol donde el guión se simplifica y los personajes se autoparodian. Ninguno de los comparecientes puede replicar eficazmente a otro si todos los discursos son previamente escritos. En el apogeo del parlamentarismo español los oradores parlamentarios se caracterizaban por su capacidad de improvisación y por su ingenio. Los discursos parlamentarios actuales son simples y fáciles porque se dirigen al votante medio. Cuando el votante medio se encontraba con la hipoteca pagada mes a mes, digería bien las alharacas, arengas y demagogias. Ahora se encuentra menos receptivo a según qué mensajes porque aquí fuera -en la realidad- hace mucho frío y el suelo no tiene la moqueta que alfombra el hemiciclo. Cuando acaben de escenificar todos los folios que cada uno lleva escritos poniendo como excusa a la nación, centrarán su atención en los titulares de los diferentes medios de comunicación. O sea, tampoco los ciudadanos les preocuparán salvo por la influencia que hayan podido ejercer en ellos con sus discursos. Discursos en que dejarán caer alguna prebenda colectiva que atraiga votos fácilmente. Y es que como dice el personaje Crispín en la obra citada Los intereses creados: Mejor que crear afectos es crear intereses.


25/02/2015 | Aurora Gómez Campos
 
     
 
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