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La hora de los nuestros



Muchas situaciones le molestaban pero de un tiempo a esta parte algunas en concreto le sacaban de quicio.
No podía soportar las conversaciones donde salía a relucir el pasado glorioso del político de turno y las innumerables batallitas de aquéllos que habían conseguido sentar el culo en algún cómodo sillón, político, administrativo o lo que sea. Le molestaba esa ostentación de caché democrático basado en referir y recalcar sus carreras ante los grises en tiempos de la Transición. Parece que sólo con esa actitud, entre deportiva y valiente, ya habían conseguido el pedigrí democrático suficiente para acceder a un cargo. Y lo peor es que estos tipos no acababan de asumir que estamos en otra situación, en otro tiempo y que aquellas historias han pasado de moda, que en nada interesan a las nuevas generaciones porque una cosa es no olvidar el pasado reciente y otra, quedarse anclado en él, y menos, regodearse en una valentía más que cuestionable.
Muchos de ellos se habían arrogado esa actitud creyendo así defender la democracia. Por otra parte ¿quién iba a investigar? Esos comportamientos en muchos casos fueron la valentía de los bravucones, carne de cañón para aquella policía represora, correr delante de ellos, evitar los golpes de sus porras y soltar adrenalina como escape a una rebeldía propia de la juventud. Algunos en lugar de títulos y curriculum sólo mostraban difusas y desdibujadas actitudes reivindicativas de un pasado demasiado lejano. Su éxito simplemente estaba basado en haber sabido elegir el aliado o el padrino, estar en el sitio adecuado en un momento concreto, no tener reparos y trepar sin miramientos, caiga quien caiga; todo para acceder a un cómodo futuro. Ese había sido el comportamiento de muchos de los que ahora ostentaban el poder y eso a él le molestaba.
Mientras tanto, y durante muchos años, la gran mayoría de ciudadanos trabajaba y se esforzaba para formar una familia, intentaban llegar a fin de mes después de pagar las letras de la vivienda, los gastos de todo tipo, sufragar los impuestos, educar a los vástagos y aceptar con naturalidad la multitud de cambios que se iban produciendo en las instituciones del país. Reconocer y comprometerse con una nueva sociedad que empezaba a caminar basándose en un régimen mucho más libre y que necesitaba la colaboración de todos, la generosidad de todos.
Sin embargo fueron tantos los oportunistas, los interesados, los parásitos, los visionarios, que poco a poco y con la conformidad y el relajo de la gran mayoría, los que hicieron que la cosa no diera más de si. La burbuja inmobiliaria y urbanística explotó, el sistema financiero hizo aguas y de golpe y porrazo el ahorro colectivo se fue al garete y el gran agujero de la deuda debían pagarlo los de siempre.
Sin embargo, la gran crisis económica que padecemos no ha sido el detonante de la revuelta, que como tal no ha existido. Pero sí nos ha influido para mostrar desde hace bastante tiempo desinterés, la actitud apática de desencanto político y social de muchos de nosotros es algo tangible.
En momentos de confusión como los que suceden, no es tan diferente el comportamiento de muchos espabilados que, con arrebato y desenvoltura, exhiben la bandera tricolor a la menor ocasión, en cualquier marea, en cualquier manifestación reivindicativa de las muchas que se producen últimamente en nuestro país. Seguramente la gran mayoría de esos abanderados, ni siquiera conocen la historia ni las tribulaciones que soportaron los que defendieron aquella enseña en otros tiempos más duros y convulsos que los que ahora sobrellevamos.
Hago esta comparación o reflexión de comportamientos entre generaciones tan distintas porque, a pesar de una clara atonía, parece o da la impresión de que soplan aires de cambios políticos, los acontecimientos recientes así lo sugieren.
Surgen y están saliendo a la luz nuevos grupos o formaciones políticas y sociales, y, no resulta descabellado pensar que, algunos avispados estarán ojo avizor para participar en la dirección de estos nuevos partidos, los aprovechados de siempre ambicionan seguir medrando, intentarán hacerlo de una forma no tan ajena a la de aquellos que supieron sacar tanta rentabilidad a sus carreras delante de los grises.
Habrá que estar atentos para desenmascarar a estos nuevos paracaidistas e intrusos de la política, porque si realmente se produce un momento de cambio, ese será sin lugar a dudas “La hora de los nuestros” de esa gran mayoría que apenas dice nada o lo dice en las urnas, o no acudiendo a ellas para expresar su malestar o su inconformismo, una mayoría social que andaba dubitativa, entre desmotivada y resignada, incapaz de salir de una atonía preocupante y que ahora intuye una posible transformación, una salida a sus demandas de cambio.
Ciudadanos que lejos de sus representantes se limitan a superarse cada jornada, que trabajan y se esfuerzan, que pagan sus impuestos, que son tolerantes, solidarios con el semejante, con el vecino, que están despertando de un largo letargo y han decidido participar en la vida social con diferentes grados de compromiso.
Es la hora de aquellos que exigen a sus líderes ante todo honradez y honestidad, calificativos indispensables para ejercer en una futura gestión. No piden austeridad, pero sí demandan que frene el despilfarro de las administraciones, que los posibles nuevos gestores actúen con mayor sentido común para no repetir los errores del pasado. Si además reúnen otros requisitos fundamentales como son formación, inteligencia, generosidad, tolerancia y compromiso, mejor que mejor.


18/07/2014 | Rafael Toledo Díaz
 
     
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