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Culpa, pena y perdón



Una gran mayoría de españoles se sienten defraudados por lo que consideran una interpretación injusta del cumplimiento de las penas que les fueron impuestas por tribunales españoles a un buen número de personas que cometieron actos terroristas (y otros de otro tipo) que ocasionaron la muerte a una, varias o muchas personas inocentes.

Un principio ético aplicable a los tribunales de justicia debe ser la proporcionalidad entre la gravedad del delito o delitos cometidos y comprobados –con sus circunstancias agravantes o atenuantes- y la pena o penas impuestas.

No me corresponde a mí opinar si en este caso se ha respetado o no este principio básico. Mi intención, como sacerdote, es otra: hacer unas consideraciones morales y religiosas.

En primer lugar, desgraciadamente la aplicación de la justicia en este mundo puede no ser justa por causas diversas: porque los autores de los delitos no llegan a ser conocidos ni juzgados; porque a veces, por manipulación informativa, se presentan a culpables como “héroes” y a las víctimas como culpables; porque algunos juicios no llegan a una sentencia justa por falta de pruebas, por tergiversación de los hechos; o incluso porque puede haber jueces como el de la parábola del evangelio, que “no teme ni a Dios ni a los hombres”, etc.

Como decía Benedicto XVI, si el “triunfo” de la injusticia en este mundo fuera lo definitivo, el mal triunfaría sobre el bien, y eso no puede ser. Dios no puede permitir que el mal triunfe sobre el bien, y esto es una razón más para creer en el Juicio infalible que vendrá a cada uno después de la muerte, donde el Justo Juez dictará la sentencia definitiva –misericordiosa, pero sin dejar de ser justa-, y esa sentencia inapelable y para siempre será conocida por todos en la vida eterna, para que también ante todos quede patente que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, como siempre ha enseñado la Iglesia. Y como creyentes, sin menospreciar la justicia humana, nos consuela y nos da serenidad y esperanza la Justicia divina.

De otra parte, los cristianos, en cuanto ciudadanos, acompañamos moralmente a las familias de las víctimas y deseamos que los delitos sean penados justamente. Pero como cristianos, debemos desear también que los culpables se arrepientan realmente de sus crímenes (o los delitos que sean), y pidan perdón. Lo deseamos porque de lo contrario, el mero deseo del cumplimiento de las penas impuestas se quedaría en un nivel puramente humano, que no desea la conversión del delincuente y que por tanto no se tendría la intención de perdonar. Y eso no sería propio de un cristiano.

Lo que nos pide nuestra fe es –sin renunciar a la aplicación de la justicia en la tierra- rezar por la conversión de los culpables. Ahí está la grandeza del cristianismo y la verdadera victoria moral sobre el reo, que con la gracia de Dios podemos ser capaces de vivir, como lo han demostrado tantos y tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia antigua y reciente: por ejemplo, los 522 mártires beatificados hace unos días en Tarragona.


06/11/2013 | JUAN MOYA. Sacerdote
 
     
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