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Terrores cotidianos



Ahora que el mes de noviembre nos convoca de nuevo a celebrar el día de los difuntos. Los que sobrepasamos de largo el medio siglo volvemos a recordar la escena en el cementerio del Tenorio, donde don Juan dialoga con sus víctimas, y también aquel relato del “Miserere” de Bécquer o el oscurantismo de la “Santa Compaña”.
Y uno se cuestiona por qué aquellos textos daban tanto canguelo. Aquellos temblores infantiles posiblemente venían más a cuento por el frío que pasábamos en aquellas aulas desangeladas, lugares de techos tan altos que sólo se llegaban a templar por el calor que producía una mísera estufa de carbón. La tiritona era más por el frío que por la sugestión que nos podían generar la lectura de estos relatos ya tan pasados de moda.
Otro de los terrores o miedos de mi niñez sucedían en cuaresma. Cuando la “bocina” recorría las mal iluminadas calles del pueblo y emitía aquel sonido, como un quejido o lamento, mejor casi como un extraño aullido que emanaba de un instrumento tan rudimentario. Después los tres golpes de tambor que recordaban las tres caídas de Jesús, eran como el espacio de tiempo entre el relámpago y el trueno, avisándonos de la cercanía del fantasma.
De los miedos infantiles quiero recordar que, durante un tiempo es exhibió en las barracas de feria una representación del juicio y la ejecución en la horca del criminal nazi Adolf Eichman, hecho real que aconteció en Israel en 1962. Justo al lado de otras atracciones más lúdicas, la memoria me acerca a un espacio oscuro determinado entre lonas. Un patíbulo concentraba la escasa luz del recinto, una tenebrosidad teatral impuesta para acentuar el dramatismo de la representación. El interrogatorio al acusado, el veredicto, recuerdos borrosos o deformados por el paso del tiempo que quedaron ahí, olvidados en mi mente como un ejemplo de lo siniestro, entre la angustia y la violencia. Después el cine y algunos libros colmaron todas esas emociones que van del terror a la intriga.
¡Qué curioso es nuestro comportamiento¡Nos atrevemos a buscar emociones para que nos provoquen conflicto, como el miedo. Y además, lo hacemos como si fuese una diversión para acumular experiencias, aunque, como en mi caso, esos terrores de la niñez se han difuminado en el tiempo. Ahora los niños de esta generación se reirían de los miedos infantiles de aquel entonces.
Y es que la sociedad actual ha trivializado mucho el miedo, el terror, o como lo queramos llamar. Hemos aparcado lo real para potenciar lo ficticio basándonos en los miedos ancestrales del hombre. Hay géneros y técnicas que recrean todo tipo de situaciones, cómics, videojuegos, teatro, cine y siempre literatura. Nos enfrascamos en situaciones irreales, supuestas tragedias, películas catastróficas de destrucción masiva, guerras virtuales y hechos luctuosos sin entender que no hay nada más espeluznante que el frío de un muerto ¿lo habéis comprobado alguna vez?
Pero aun sabiéndolo, existen otros miedos cotidianos de los que apenas nos damos cuenta o los hemos excluido en nuestro particular régimen de emociones por exceso, por su aparente inocuidad o por su falta de sorpresa, nos hemos acostumbrado a ellos sin más, forman parte de la vida diaria y asumirlos implica la pertenencia al sistema. Otra incongruencia a sumar es que aceptar la enorme ración de miedo que nos corresponde aparentemente nos da seguridad.
La crisis actual les ha servido a los poderes fácticos para someter al personal, nadie sabe quienes son esos monstruos, o sí. El mercado de los inversores especuladores, sus cómplices los gobiernos y los políticos, nadie determina quien es el culpable de este mal. Pero el mal existe, es un ente indefinido, etéreo o abstracto que irradia negatividad. Todos ellos han conseguido este pánico generalizado, de un tamaño tan impredecible que apenas se aprecia, porque lo acapara todo y asume todos los espacios.
De vez en cuando cada cual se acerca y mide sus pequeños miedos, unos temores que creemos particulares y definidos, casi íntimos y personalizados. Y sin embargo no son ajenos a los del vecino, a los del pariente, al de los amigos, en definitiva al semejante.
Miedo al futuro, a quedarte sin trabajo, a no tener sanidad, a no poder educar a los chicos, a que no puedan estudiar, miedo a no tener dinero para hacer la compra, a no poder pagar el alquiler de una casa o el gas y la luz, miedo a no tener un techo donde resguardarnos cada noche, miedo a la enfermedad, a la vejez, miedo al extranjero, a que no nos quieran, a no tener amigos.
Son tantos que apenas reparamos en ellos. Ese pavor está generalizado y todos los sufrimos, quizás porque intuimos que no podemos acabar con ellos, que no sabemos cómo vencerlos.
Y por eso ya no nos espantamos de nada, no nos sorprende nada, lo entendemos como una parte de nosotros. Cada día y en cada momento buscamos emociones nuevas en este enorme parque de atracciones que es la vida, nuevos sobresaltos que nos sobrecojan un poco más. Como si no tuviéramos bastante con nuestros terrores cotidianos.


31/10/2013 | Rafael Toledo Díaz
 
     
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