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Burocracia y duelo



En pleno verano y como un duelo paseante muy parecido a los duelos de La Niña de Luto (Manuel Summers, 1964) una familia vestida de negro quería solucionar la burocracia de la tumba de su familiar finado. “Que venimos a arreglar los papeles de la lápida”. La oficina era pequeña y casi no cabían toda esa familia enlutada y con el rostro enverdecido por una tristeza repentina. Primera llamada: “Querida Puri, que tengo aquí una familia que quiere solucionar la titularidad de la cosa funeraria. Tendrían que dirigirse a ti ¿verdad, querida Puri?”. Respuesta escueta: “Bueno. Ya veremos. Diles que vengan. Adiós”. Se les dirigió al departamento de tumbas y nichos a fin de obtener la sofisticada e intrincada solución funeraria. El duelo cruzó la amplia y despejada plaza del pueblo y se personó en las susodichas dependencias. “Que nos han enviado aquí para lo de la muerte de mi marido”, dijo la esposa doliente. A lo que la amable Puri respondió “Pues no es aquí. Tienen que ir adonde se pagan las tumbas y solo vengan aquí con el recibo de pagar tumbas”. Marcharon pues a la caseta de pagar lápidas y sin desviar la mirada de la pantalla, les respondieron: “No, no. Aquí no vengan hasta que no esté la tumba con un titular. Y luego, si a la tumba le han puesto rasilla cuesta más que si no la tiene”. Igual que la familia apestada de El Verdugo, (Luís García Berlanga, 1963) pero sin el fantástico Pepe Isbert, la familia negra cruzó de nuevo la plaza, cada vez más soleada y ardiente, y aparecieron otra vez en la oficina. Segunda llamada: “Mi estimada Puri. La familia de luto está aquí otra vez porque no saben dónde tienen que ir”. Respuesta: “Vamos a ver. ¡Te han dicho que vengan aquí!. Así que no sé que hacen allí contigo. Adiós”. No era el día de Puri, la agradable. Cruzaron la plaza emulando una escena de cine del más puro neorrealismo italiano y se personaron con sus duras penas, a verle otra vez la cara a la Puri, apodada “la geisha”. “Mire usted, ayúdenos porque no somos de aquí y ya hemos venido varias veces y a las dos sale la viajera para el pueblo”. A lo que la profesional Puri respondió: “Ese no es mi problema. Primero paguen lo del cementerio”. Pasearon la plaza y la lástima varias veces más. Última llamada. La amable trabajadora descuelga el teléfono: “¿Qué quieres?”. Respuesta: “Bueno, mi adorada Puri, me encantaría que atendieras, orientaras e informaras a todas las personas que te pregunten por cuestiones relacionadas con tu competencia, informándoles pormenorizadamente de los trámites a seguir. Y también te agradeceré mucho que trates a los ciudadanos con deferencia y respeto. Primero porque estás obligada por esa Ley que seguramente tú conozcas de memoria y segundo por evidentes razones de empatía”. Finalmente, hubo que presentar una solicitud por escrito para que se resolviera sobre este asunto tan intrincado, complicado, prolijo y enrevesado. Por lo menos, se tiene constancia de que al muerto lo enterraron.


23/09/2013 | Aurora Gómez Campos
 
     
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