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Cómo atravesar Valdepeñas y no morir en el intento



Hace unos días paseaba despreocupadamente por la Salida del Peral cuando de repente un coche se colocó a mi lado y el conductor (un joven de unos treinta años) bajó la ventanilla. Por la expresión agitada del interfecto y sus ojos saltones me asusté en un principio, creyendo que se encontraba bajo los efectos de sustancias alucinógenas y que podía, por tanto, soltarme alguna barbaridad, pero su estado de alteración no se debía a las pastillas. El mozo me preguntó, presa de una angustia terrible, como podía llegar al pabellón de la Avenida del Sur, pues venía de La Solana para disputar un encuentro de Fútbol-7 (también conocido como Fútbol-moqueta) y no se conocía el camino. “¿Conoce la calle Constitución o en su defecto la calle Mediodía?”, le pregunté. “No”, respondió él quedamente, componiendo una cara aún más desamparada que la inicial. “Pues entonces está usted perdido”, le dije sin ánimo de causarle más daños morales, pero por la turbación que mostró y por los tics nerviosos de su párpado derecho intuí que no fue así. Intenté explicarle escueta y resumidamente que en este caso el camino más corto no era la línea recta porque sencillamente nuestro primer edil se la había cargado. “Antes gozábamos de una calle principal que acertaba a cruzar Valdepeñas desde la V hasta la S y viceversa”, le dije. “Hace unos años cualquier vehículo podía transitar de un punto a otro del casco urbano de un tirón en un tiempo aproximado de cinco minutos, si no se topaba, claro está, con obras de la compañía del gas, de la luz, del agua, o de todas a la vez, que es lo más habitual en este pueblo”. Añadí que esta calle se llamaba 6 de Junio o calle Ancha, aunque ahora solo era ancha en algunos tramos, en otros se había reducido considerablemente por la queridísima Zona Azul o por las obras de peatonalización del Ayto (que tanto disfrutábamos y que algunos incluso pagábamos sin haber pedido su remodelación).

El joven, dudando de si me estaba cachondeando de él o no, me preguntó el por qué de tamaña insensatez, pues poseyendo semejante arteria principal, no era muy lógico congestionarla. “Esta sinrazón parte de nuestro carismático líder”, le dije, “quiere transformar esta calle en una vía de único sentido. El por qué de su iniciativa es incierto y nadie conoce la respuesta. Cuando se pregunta a los del PP, éstos dicen que no quieren saber nada, que ellos no votaron a Jesús Martín, y cuando se pregunta a los del PSOE éstos comentan que tampoco saben nada aunque sí votaron a Jesús Martín, lo cual es contradictorio, y por qué no decirlo, funambulesco. El propio alcalde alega que cuando los Valdepeñeros lo votaron le dieron la posibilidad de modificar el pueblo a su antojo sin tener que dar explicaciones a nadie, y eso es lo que hace continuamente y con un aplomo que da miedo”. Finalizada mi aturullada diatriba me percaté de que el muchacho tenía prisa, lo que deduje por sus sudores fríos y porque no paraba de mascullar “con la prisa que tengo, copón”.

Para devolverle el ánimo perdido reconduje la charla desde un punto de vista más práctico: “Podría indicarle una ruta a seguir por el casco urbano”, le dije, “pero no me atrevo a recomendarle semejante zigzagueo porque se acordaría usted de mi madre y la pobre no tiene por qué pagar las demencias de otros. Hay tantos recovecos que tomar en esta urbe que más que un conductor se sentiría usted un concursante del Grand-Prix”, agregué abusando de televisión. “Tengo GPS”, añadió el muchacho, ilusionado. “Peor aún, no existe GPS en el mundo que tenga actualizadas las calles de Valdepeñas”, respondí tajante. “Circunvale Valdepeñas como opción secundaria. Yo lo hago para ir de un sitio a otro del pueblo y he comprobado que pierdo menos tiempo así. Le recomiendo que haga lo que me dice mi informático cada vez que se me bloquea el ordenador; salga y vuelva a entrar”. “¿De verdad?”, me preguntó el chico, indeciso a más no poder. “No es muy lógico ir hacia atrás cuando uno quiere ir hacia delante”, concluyó. Dolido por su desconfianza le dije que este asunto de los desplazamientos no era para tomárselo a broma, pero que en este pueblo las cosas funcionaban así. “Hágame caso y no entre en el casco urbano por nada del mundo”, le advertí. “Coja usted la rotonda del caballo con obesidad mórbida y diríjase hacia la Avda de las Tinajas. Cuando se tope con los glúteos de la gloriosa y heroica escultura del tío desnudo, siga la dirección que señala su colilla, es decir, el Norte. Luego tome la Nacional IV hacia Córdoba y coja la segunda salida. Enlazará rápidamente con la circunvalación”.

Circunspecto, el muchacho abrió mucho los ojos, como si mis explicaciones lo hubieran confundido más de lo que ya estaba. “Se ha quedado usted aturullado”, le dije. “No”, respondió él, “estaba pensando en lo que ha dicho del culo y la pilila, pues yo creía que esa escultura simbolizaba una cepa, no que era una figura humana”, suspiró, todo pasmado. “No se preocupe”, añadí para rebajar su desasosiego, “en Valdepeñas aún hay gente que se piensa que es una vid”. El chaval me comentó que era una mamarrachada emplear la pirindola de la escultura como brújula, pero le contesté que para la millonada que había costado la figura, alguna utilidad debíamos de darle aparte de la ornamental.

Deseándome una buena tarde y cagándose al mismo tiempo en la “bombiza” idea de taponar la arteria principal del pueblo (pues ya llegaba tarde al partido de fútbol), el joven arrancó y metió primera. Según daba la vuelta y tomaba la dirección contraria aproveché para indicarle nuevamente que no cometiera la locura de introducirse en el casco urbano, y que por favor pregonara este consejo entre sus conciudadanos. El Solanero me miró raro y se persignó. Supongo que le recordé a uno de esos personajes que aparecían en las películas de Christopher Lee, en concreto al típico aldeano atemorizado que reiteraba al forastero de turno que no pernoctara en el castillo de la colina. No sé qué impresión se llevó de mí este muchacho, pero doy por hecho que si no hubiera sido por mi decoroso atuendo me habría tomado por un perturbado mental en su rato del paseo o por el tonto del pueblo.

Este suceso me incitó a redactar esto con la idea de advertir a los residentes de las localidades próximas a Valdepeñas y hacerles este llamamiento: Si desean ustedes cruzar mi pueblo y se quedan enredados en una vorágine de calles cortadas, asfaltos levantados y desvíos inesperados, den la vuelta inmediatamente y salgan del casco urbano. Contrariamente a lo que sucede en las urbes modernas, para atravesar Valdepeñas es mejor no entrar.

08/03/2013 | J.S.B.
 
     
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