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Valdepeñas no es Colliure



Para cualquiera que tenga el mínimo interés sociocultural o político, Colliure es un lugar especial, emblemático quizás. Allí, en su pequeño cementerio, se encuentra la tumba del gran poeta Antonio Machado Ruiz.
Su muerte en el año 1939 significó el anticipado anuncio de la derrota de la Segunda República como forma de gobierno, un acontecimiento que truncó la posibilidad de acometer la modernización de las viejas estructuras de nuestro país.
Colliure ha sido y sigue siendo el lugar de peregrinación de sucesivas generaciones de escritores, poetas e intelectuales que rinden homenaje con su visita a la grandeza del vate, un reconocimiento a la honestidad y honradez que refleja toda su obra. De todas estas demostraciones de admiración públicas y privadas elijo una foto, la de la generación del 50. Allí, veinte años después del suceso, posan junto a su tumba. Dando fe de su personal homenaje están Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald y, de todos ellos, sólo el poeta gaditano, reciente premio Cervantes, queda entre nosotros.
Resulta evidente que hacer una comparación o un paralelismo entre Valdepeñas y Colliure es una tarea casi imposible, descabellada quizás. Colliure es una villa situada en la costa francesa muy cerca de la frontera española y bañada por el Mediterráneo, su población apenas ronda los tres mil habitantes. Valdepeñas, sin embargo, cuenta aproximadamente con treinta y dos mil vecinos y se encuentra enclavada dentro de la meseta en la gran llanura manchega. Ni por historia, demografía, clima o recursos podemos encontrar algo en común. Sólo una simple carta entre Machado y Alcaide puede ser el pretexto.
Es obvio que el cementerio de Valdepeñas no resulta tan entrañable como el de Colliure, ni tan famoso, pero seguro que es más extenso. Sin embargo la necrópolis valdepeñera resulta ser uno de los espacios mejor conservados y cuidados que tiene la ciudad báquica. Hace más de medio siglo que allí reposan los restos de nuestro gran poeta local de referencia. Me refiero a Juan Alcaide y junto a él, en un anárquico itinerario por patios y calles, están las sepulturas de otros paisanos ilustres que el tiempo y la memoria van dejando poco a poco en el olvido.
Por eso, un día cualquiera, en una tertulia de tantas, a un buen amigo se le ocurrió la idea de buscar y visitar las tumbas olvidadas de personajes que han demostrado el amor a la ciudad o que han sido referencia de ella.
Tierra: Que guardas la sustancia/ de la primera madre;/ de tantos hijos suyos que murieron/ sin losa ni epitafio. (Sagrario Torres).
La mañana de un frío sábado de enero decidimos hacer nuestro íntimo peregrinaje al camposanto. Un acto inusual, excéntrico, un discreto paseo luctuoso bajo la sombra de los cipreses y acompañados por el zurear de las palomas, con la emoción contenida y el respeto que provocan siempre el desamparo de sus sepulturas.
Juan Alcaide reposa junto a los restos de su madre y su tía, en una discreta lápida de mármol blanco (quiero recordar) y que en nada se diferencia a cualquier otra, donde las letras que anuncian que allí reposan los restos del poeta triste están herrumbrosas por efecto de la lluvia y el viento.
Visitamos después la sepultura de Cecilio Muñoz Fillol, personaje polifacético donde los haya, veterinario, profesor, humanista, investigador, novelista y cronista de la ciudad. Un hombre apasionado que dejó una rica herencia a todos aquellos que estuvieron a su alrededor, alumnos y amigos. Su luz fue la búsqueda y la pasión por el conocimiento.
A continuación buscamos el sepulcro en el que reposan los restos de un artista. Me refiero a Tomás de Antequera, tonadillero, cantaor, un grande de la copla que fue quedando en el olvido. Reposa junto a sus padres y resulta muy curioso el contraste entre la foto de su progenitor y él. Apenas se puede apreciar, pero luce una de sus preciosas chaquetillas de lentejuelas atuendo muy personal al estilo de la época. Un artista a contratiempo que seguramente bregó como nadie en una sociedad homófoba e hipócrita que presumía de su arte y criticaba de su condición.
Seguimos con tan extravagante visita y comprobamos que la poetisa Sagrario Torres descansa en uno de los antiguos nichos que se orientan al sur. Ella si tiene grabado en la pequeña lápida un precioso y rotundo epitafio, unos versos escritos por su maestro y mentor. Me impresiona la fuerza y la pasión que Alcaide le dedica a esta aguerrida mujer: ¿Por donde está Sagrario?/ ¿En qué racimo clavó el canibalismo de sus dientes?/ ¿Qué capacho aguantó su brutal mimo/ ¿Qué mosto se hizo perla en sus pendientes?
Vuelvo a releer una y otra vez esta dedicatoria ahora fúnebre, versos que anuncian la pasión adivinada. Sagrario aunque vivió en Madrid tenía delirio y vehemencia por Valdepeñas, cuando volvía a la ciudad era más valdepeñera que nadie.
Justo casi en el lado opuesto, en los nichos que miran al norte se encuentra la sepultura de Gregorio Prieto, el gran pintor de la generación del 27, el amigo de Lorca y de Cernuda. Gregorio Prieto fue ante todo un excelente dibujante y sus litografías son tan importantes como sus cuadros. Todavía sigue el difunto en aquel lugar. Se rumoreó que cuando pasase un tiempo prudencial al fallecimiento, los restos del pintor reposarían en el patio del Museo de los Molinos, justo a la entrada de Valdepeñas. Seguramente ese proyecto quedó aparcado como tantos otros, no por la crisis, sino por la desidia o la apatía de aquellos que no recuerdan la generosidad de Gregorio legando a la ciudad una gran parte de su obra concentrada en la fundación que lleva su nombre.
Esa fría mañana de enero la aprovechamos también para hacer puntuales visitas a tumbas particulares de familiares y conocidos. Uno de nosotros advierte que, a pesar de haber cumplido con lo pactado, no hemos dejado ninguna flor, ni leído ningún poema ante la tumba de los vates fallecidos, otra vez será. Seguramente volveremos para recordar también a Paco Creis o a Óscar G. Benedí y algún otro paisano ilustre que se nos quedó en el tintero.
Para finalizar este texto que ha resultado demasiado serio y fúnebre, les confesaré que, antes de iniciar esta peripecia tanática, dimos buena cuenta en la churrería de la Veracruz de un rico chocolate, acompañado por unas excelentes roscas. De esta manera apostamos por la vida e hicimos bueno el refrán popular que dice con gran sentido común: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.


13/02/2013 | RAFAEL TOLEDO DÍAZ
 
     
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