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Peligro: un tonto se ríe



La portentosa actriz Blanca Portillo acaba de manifestar: “Un país sin cultura es un país que no existe. Todo lo que estamos destrozando es un bien irreparable”. Pero Blanca Portillo es ella y puede quejarse tranquilamente. Ella sabe muy bien hasta qué punto la incultura invade el lugar a juzgar por su experiencia el pasado verano en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Cuentan las malas, o quizá veraces, lenguas que en la primera representación de La Vida es Sueño de Calderón de la Barca, la actriz interpretaba a Segismundo y al acabar de recitar el famoso soneto La vida es sueño, el público comenzó a aplaudir en la creencia de que dicho soneto finalizaba la obra de teatro. Añaden las malas o veraces lenguas que la ignorancia de este aplauso podría deberse a que, al tratarse de la primera representación, el público estaba plagado de políticos invitados quienes no pagan su entrada. Y a lo mejor muchos de ellos “soportaran” por primera vez teatro en verso, “aguantando” la obra en espera del ágape posterior. En las siguientes representaciones, cuando el público pagamos nuestra entrada, nadie aplaudió después de ese soneto porque no es en este momento cuando finaliza la obra de teatro. Blanca Portillo conoce muy bien a golpe de escenario la incomprensión de la ignorancia y la risa de la necedad. La actriz se atrevió a interpretar a un hombre y, en lugar de valorar su imponente interpretación, alguien enjuició entre risas su sexualidad, como si eso fuera importante. En una ocasión, pasó por estos escenarios el inconmensurable actor británico Lindsay Kemp. Apenas cinco filas de butacas configuraban el público. Después de realizar una interpretación con magistral exquisitez, sensibilidad y sabiduría escénica, el público no aplaudió. Era una mariconada. Apenas una fila se arañó las manos aplaudiendo, intentando demostrar que alguien había entendido algo. También vimos cómo después de que el bailarín Mijail Baryshnikov interpretara el Adagio de Albinoni en un escenario vacío alguien reía porque apenas llevaba un calzoncillo naranja y esto era una auténtica mariconada. Hemos visto al bailaor flamenco Antonio Canales interpretar a una sublime Bernarda Alba, y alguien reía porque la mariconada le resultaba ridícula. Paradójicamente, este tipo de público no habría soportado el teatro en la época de Shakespeare en el que no había actrices y todos los papeles, ya fueran masculinos o femeninos, eran interpretados por hombres. O a lo mejor también se habrían reído muchísimo en la representación de un Hamlet, obra cómica y graciosa donde las haya. Por todo esto la risa de la incultura resulta tan lacerante e irritante. La incultura fomentada a golpe de sainete educa a los ignorantes en la risa. Una risa peligrosa que hace caer a un país entero en la ética tiránica de los tontos. Por eso ocurre que cuando un necio no comprende algo se ríe y cuando lo comprende también.


16/01/2013 | Aurora Gómez Campos
 
     
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