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Metafísica del heroísmo humano (I)
A Pedro Bosch, caminante…


Hace ya unas cuantas semanas le fue dedicada al responsable de estas líneas una portentosa columna por parte de un titán intelectual que responde al nombre de Martín-Miguel Rubio Esteban y ejerce de director en un instituto de Segunda Enseñanza de Valdepeñas. Además, es de Zamora (que «no se tomó en una hora, ni quizá en otra») y grecolatinista (valga la expresión). Y para esto último, en estos tiempos, hace falta valor. Aquella circunstancia supuso uno de los momentos de mayor satisfacción personal en la vida de un modesto profesor de filosofía a quien el Doctor Rubio Esteban tuvo a bien calificar de «pensador». Así llamaba Kostas Axelos (fallecido en 2010) a Heráclito «el Oscuro» de Éfeso, a quien se resistía a considerar un «filósofo», inspirándose en los cursos de Heidegger sobre el pensamiento presocrático. Con toda la distancia que hay que establecer, y sin falsas modestias que no vienen a cuento, no le queda a uno sino agradecer en público, como ya se ha hecho en privado, tal honor.
Introducción
La obra del sociólogo, economista, historiador, politólogo, musicólogo…y podríamos seguir así unas cuantas líneas Max Weber (1864-1920), «el último sabio de Occidente» es poco menos que inabarcable. Quienes hubimos de leer, obligatoria, pero gozosamente, el mamotreto de Economía y sociedad (FCE), los Ensayos sobre sociología de la religión (Taurus), en los que se incluye La ética protestante y el espíritu del capitalismo (hay múltiples ediciones independientes), además de los escritos políticos y, desde luego, las conferencias sobre la ciencia y la política como profesión (o «vocación»; no entraremos aquí en disquisiciones filológicas: léase al respecto la primera nota del traductor en la edición de Prometeo Libros, BB.AA., 2003, p. 7) en el marco de varias asignaturas de la licenciatura de Filosofía («y CC. De la Educación», figura en el titulillo, aunque sea irrelevante) en la Universidad de Santiago de Compostela, guiados por las figuras siempre amables y atentas, verdaderas encarnaciones de la inteligencia que son Juan Luis Pintos de Cea-Naharro, Julio Cabrera Varela (en las Sociologías) y Andrés Torres Queiruga (hasta hace algún tiempo «teólogo oficial del Reino de Galicia» y ahora proscrito por la Conferencia Episcopal e instancias superiores por su heterodoxia en cuestiones cristológicas) en la Filosofía de la Religión y en la Historia de las Religiones, sabemos cuán duro puede ser enfrentarse a unos textos en los que la erudición se presenta tan sin complejos como justificada: Weber era consciente de que el método científico aplicado a las ciencias humanas (lo que en su caso dio lugar a la llamada «sociología comprensiva») exige, simplemente, saberlo todo. Esto, para el común de los mortales, puede ser solo avizorado en el horizonte como «ideal regulativo» (utilizando la expresión kantiana relativa a las Ideas tal como las concebía Platón); en el caso de Weber, está uno tentado a decir que él sí lo sabía todo. Solo tentado: no es posible saberlo todo. Pero adentrarse en las páginas de su libro más famoso, La ética protestante…, ese que tan acertadamente dice el D. Rubio Esteban que no han leído «los sabios, polihistores y polimáticos periodistas que pueblan España» (y añade: «no hay nada más divertido que la utilización de un libro que esta tribu ignara no ha leído», en lo cual no podemos estar de acuerdo: no tiene nada de divertido que esta gente se constituya de facto en creadores de opinión con inmensa influencia en una sufrida ciudadanía que se merece, es preferible pensarlo, algo mejor) supone toparse de bruces con el paradigma del rigor científico y del argumento difícilmente refutable. ¿Cómo fue posible el surgimiento de un gigante como Weber? No es posible dedicarle en esta columna todo el espacio que requeriría el solo pergeñar una respuesta a esta pregunta. Cabe recomendar al lector el que tal vez sea el mejor libro que se haya escrito al respecto: La jaula de hierro. Una interpretación histórica de Max Weber, de Arthur Mitzman (Alianza Editorial, 1976). Se intentará en sucesivas entregas de esta columna responder a algunas de las precisiones que el Dr. Rubio Esteban expuso en su columna (Incertum salutis con la reforma), a las que es difícil objetar o siquiera apostillar algo. Solo una pequeña cita de la introducción del libro de Mitzman para ir abriendo boca (pp. 16-17): «El mundo de Weber estaba dominado por un rígido superego cultural, un cosmos superestructurado de valores e instituciones que se le aparecían como una amenaza permanente a su autonomía y libertad. Las alternativas que se le presentaron a lo largo de toda su vida fueron, o bien aceptar sin condiciones su esclavitud a este mundo cosificado, o, a cualquier riesgo de anomía, desafiarlo y presentarle combate. A través de la mayor parte de su vida Weber siguió esta última y más peligrosa alternativa, desafiando de este modo lo que paradójicamente (y equivocadamente) llamó “el destino ineludible de la humanidad”. En efecto, alguien que le conocía bien resumió su genio como una metafísica del heroísmo humano…». Es precisamente esta lucha de Weber contra «la jaula de hierro» la que trasluce en las páginas de La ética protestante…, como el Dr. Rubio Esteban supo captar y exponer en su columna. Y es esta estela la que aquí nos proponemos seguir…
P.S.: La gravedad de lo que está sucediendo en Francia con respecto a la exposición conmemorativa de la vida y la obra de Albert Camus, puede obligar al responsable de esta columna a aplazar las sucesivas entregas de la relativa a Weber. La figura del filósofo, novelista y dramaturgo se merece que, desde esta modesta atalaya, se le dedique unas líneas a modo de desagravio, que no llegará ni a París ni a Aix-en-Provence.
Ángel Luis Rivas Lado
Profesor de Filosofía




25/09/2012 | Ángel Luis Rivas. Profesor de Filosofía
 
     
 
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