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Otro Montesquieu



Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, cronista francés y pensador político, está considerado universalmente como el propagador de la separación de poderes. Su pensamiento político, aún vigente, aparece reflejado en la obra: “El Espíritu de las Leyes” publicada en Ginebra en 1748. Al igual que otras obras suyas fue prohibida por la Jerarquía de la Iglesia Católica. Lo que le obligó a escribir una segunda parte que tituló: “La Defensa del Espíritu de las Leyes”.

Aparte de muchos datos biográficos, que pudiéramos ir desgranando, y aparte de un estudio más minucioso de sus obras, en definitiva, de su pensamiento, me gustaría centrarme hoy en la necesidad imperiosa de que, de tiempo en tiempo, de vez en cuando, surja una corriente de pensamiento, clarificadora de los males imperantes. Pero sobre todo de las soluciones a estos males.

Coincidiendo con el pensamiento de la ilustración francesa, surge la figura, -polémica en su momento, como todas las que buscan cambiar el rumbo de la historia-, de Montesquieu. Alguien tenía que darse cuenta de que la sociedad estaba sumida en una estructura anquilosada y causante de unos males que parecían irremediables. Son esos males que, propagados sibilinamente por unos pocos, terminan calando como una realidad indeformable, como una realidad a la que estamos condenados, como una realidad que no tiene otro camino.

La sociedad de ese momento estaba enferma. Padecía una enfermedad para la que no se había descubierto medicina alguna. Una sociedad en la que unos pocos gozaban de todos los placeres, eran dueños de todo, hasta de las personas, señores de toda la propiedad, acumulaban un poder omnímodo, y tenían a una sociedad mayoritaria sumida en la miseria, y en la privación de todos sus derechos. Era la realidad indeformable, y en el fondo aceptada irremediablemente.

En medio de esa realidad, y admitiendo que ya en Inglaterra había incipientes intentos de modificar la estructura de las monarquías absolutas, surge la figura de Montesquieu, para decirle al mundo que no es una pandemia sin solución. Crea una corriente de opinión basada en que, a través de la separación de poderes, iba a cambiar a una sociedad discriminada y injusta. Sembró las bases de lo que hoy son las democracias parlamentarias.

Aceptando que la realidad actual no tiene ni punto de comparación con aquellas situaciones medievales, debemos estar expectantes para que esas minorías dominantes no se carguen lo que hemos avanzado. Entonces se llamaba nobleza, o aristocracia. Hoy toman nombres más sofisticados y ambiguos: mercados, poderes fácticos, sistema financiero, y demás eufemismos. Pero hay cosas muy claras: nos acechan para que no los controlemos. Por ello hay que separar el poder económico del poder político, con la libertad del primero, pero bajo la vigilancia del segundo.


13/08/2011 | JULIO GARCÍA CASARRUBIOS SAINZ
 
     
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