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Una década, un mundo (II)



Como lo prometido es deuda, aquí viene la segunda entrega de este viaje a través de los recuerdos y las sensaciones que iniciamos la semana pasada. Que sí, que tiene gracia que un pimpollo como es un servidor sienta más nostalgia por lo pasado que Karina con su dichoso baúl de las narices (¿nadie le dijo a esa mujer que se comprara un ordenador, que lo almacenas todo mucho más fácilmente, y no coge polvo?). Pero es que conforme dejamos atrás la primera década del siglo XXI, no puedo evitar que me salten a la mente tantas cosas que, siendo yo un mozalbete (que diría mi abuelo), tanto me gustaban y que hoy hecho en falta, atacado en el corazón por la melancolía de otros tiempos, con otra actitud y otras preocupaciones. Reitero que, tal y como he montado todo esto, parece que vaya a hablarles de mis vivencias entre las bombas de Vietnam. Lean y juzguen, que yo soy muy pomposo y puedo confundirles.

Paseando por la simbólica calle Seis de Junio hace unos días, descubrí con disgusto que, a la altura de la esquina de la calle de Bernardo Balbuena, una cinta de protección policial me obligaba a abandonar la acera por la que caminaba. Dicha cinta acordona la sección de acera correspondiente a un edificio que, habiéndose alzado orgulloso durante tanto tiempo, sufre hoy en día las devastadoras consecuencias del paso del tiempo, y malvive sus últimos días cayéndose a trozos: el edificio de Correos. Si bien yo sólo he vivido sus últimos años de actividad, esta magnánima estructura lleva en pie alrededor de un siglo, una edad que ya pesa. Pero de él yo guardo un recuerdo en especial. Uno bastante infantil, y por ello doblemente bonito, y no es otro que su puerta de entrada giratoria. Puede parecerles gracioso y hasta ridículo que sea esto, y no cualquier otra cosa, la que más añoranza me produzca, pero es la verdad. Cada vez que acompañaba a alguno de mis mayores a mandar una carta, yo me quedaba en la puerta. No porque no me dejaran entrar, sino porque yo, atraído por una fuerza magnética irresistible, seguía dando vueltas en la entrada giratoria hasta marearme. Qué poco hacía falta para tenernos entretenidos…

Otro de los parajes que más invita a recordar es aquel que se levanta misterioso en la estación de tren, tras las vías ya en desuso. Recuerdo que, desde pequeño, siempre me han fascinado esas desgastadas estructuras, derrumbadas en parte, pero aún resistentes al paso de los años. Al igual que el edificio de Correos, estas casas contarán con casi un siglo a sus espaldas (lo digo por deducción, no con certeza, de no ser así les ruego que me disculpen). Las hierbas que pueblan sus techos evidencian que otrora sirvieron como edificios de camuflaje para todo aquel que necesitase refugio durante la Guerra Civil española. Y cuando uno se pone a pensar en la enorme cantidad de hechos que allí habrán tenido lugar, le resulta más sencillo darse cuenta de que cada uno de nosotros sólo somos un pequeño grano de arena dentro de este mundo y de su historia. Esas casas representan un tiempo muy distinto al nuestro, que parece estar llamando a nuestra puerta trasera, como queriendo aconsejarnos desde un lugar muy lejano que aprendamos de sus errores, para llegar a prosperar como pueblo y como país. Inspirador.

Si entramos ya en pequeños detalles propios de otros años que se han perdido con el tiempo, también hay variedad. Un símbolo en decadencia de Valdepeñas son los bancos negros de hierro, que antes veías en cualquier lugar del pueblo, como aquellos colocados a lo largo del Paseo de la Estación. Ahora, quedan ya pocos supervivientes. Alguno hay en el Peral, pero poco le queda de servicio, pues el otro día fui a apoyarme en el respaldo de uno de ellos, y casi me deslomo contra el suelo al desensamblarse éste del propio asiento. Aquel infortunado golpe fue el motivo que me impulsó a escribir estas columnas, y hoy aún me duele, así que pueden hacerse una idea. También echo en falta esas aves que unos años atrás hacían de la plaza su territorio, y del techo de la iglesia una auténtica urbanización animal: las palomas (aunque éstas no se hayan ido, sino que más bien las han echado). Hay quien las llama “las ratas del aire”, y las acusan de transmitir enfermedades y cagarse en sus chaquetas. Con todo, siendo pequeño, no había mayor diversión que verlas levantar el vuelo en bandada, asustadas por el repicar de las campanas, si bien hay que aclarar que en la infancia, de cualquier cosa hacías sabías hacer un espectáculo.

Y así para tantas otras cosas que he echado de menos a lo largo de estos años, pero que ahora no alcanzo a recordar. Tal vez nunca lo haga, o tal vez sí. Al menos, quería compartir con ustedes estas pocas, para así plasmarlas en papel y de este modo hacerlas eternas. Así, cuando me falle la memoria, siempre podré conmemorar en estas líneas esos tiempos que, mejores o peores, se fueron. Y sin duda merecen que, sin dejarnos la vida en ello, no los olvidemos nunca.


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