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Cultura de pescaíto



En un programa televisivo en los que un periodista con soltura, entrevista gente por la calle, en sus casas y en sus trabajos, todo ello casualmente, aparecen tres matrimonios a quienes les gusta veranear juntos. Ellas enfundan las carnes en pareos y extrañas prendas con tirantes, y pasean resueltas por la cocina regañando sobre todos aquellos defectos que encuentran en el mal hacer de sus cónyuges. Así parecen más apañadas, hacendosas y “resalás”. Filosofan y teorizan sobre las diversas técnicas de limpiar y cortar aquello que se llama “pescaíto”. Analizan concienzudamente cómo debe hacerse la compra y reprochan a gritos pero con causa a aquel individuo que compone un brebaje similar al salmorejo con un cigarro en la mano. Ellos no usan camisa, blusa, polo o similar. Ellos se despojan de sus vestiduras allá por junio y no vuelven a enfundarse prenda alguna en el torso hasta entrado septiembre.
Los seis miembros de este sexamatrimonio se interrelacionan generalmente a gritos. De esta guisa desembarcan en la playita y encofran las merenderas o cajones congeladores en la arena mientras, sin dejar de gritar, continúan interactuando y teorizando sobre las excelencias de la tortillita, la cervezita y las tapitas, como si en diminutivo los conceptos se tornaran más finos, la comida más exquisita o mejorara su arenoso bienestar playero.
Observando sus miradas resabiadas y avispadas, parece que ni una mosca se moviera en sus reinos sin que ellas lo autorizaran, controlaran o planificaran previamente. Son mujeres a cuyo conocimiento nada escapa. Son el ejemplo y consecuencia de la liberación femenina. Si las sufragistas levantaran la cabeza o aquellas jóvenes revolucionarias de los años sesenta contemplaran la edificante imagen de estas damas gritando en la playa, en la casa, en la calle……
Ellos han aprendido el término “mi espacio”. Al aludir a “su espacio” aparece en imagen una suerte de gañán durmiendo en una cama cuyo olor parece aflorar desde la pantalla hacia fuera y cuyos pies se apoyan en la almohada, recostando su cabeza en el otro extremo del lecho. Éste es su espacio.
Al atardecer, a eso de las siete de la tarde, aparecen las tres damas con tres “cubatitas” en sus manos. A esto ellas le denominan “vivir su vida, ¡eah, mi arma!”. Nadie se plantea una vida distinta. Todos conocen la intimidad de los demás. Y sus hijos crecerán en este ambiente adocenado donde todo ocurre como en el bello mundo de las flores: nacen, crecen, polinizan, viene una abeja y se marcha con una cosa en las patas, a renglón seguido las flores “se chuchurren” y finalmente, mueren.
Millones de familias en España repiten este esquema. Y de lo que decidan estos millones de familias depende el futuro de esas otras familias e individuos que quizá deseen un futuro y educación distinta para sus hijos. Al sexamatrimonio descrito no se le puede imputar otra responsabilidad que la de intentar sobrevivir tal y como buenamente han aprendido, es decir, tal y como los poderes públicos les han enseñado; es decir, tal y como los poderes públicos les han mantenido en el nivel de educación y formación descrito. Poca cultura, educación limitada pero eso sí, muy manejables.


16/09/2010 | AURORA GÓMEZ CAMPOS
 
     
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