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El tren



Pasear al amanecer por la ciudad casi vacía es una de las actividades más relajante en estos días de vacaciones. Te encasquetas los auriculares y escuchas algo de música, o las noticias que te ponen al tanto de la situación, siempre antes de que el astro rey se apodere de las calles y haga imposible el paseo.
Callejear a esas horas y en esas condiciones podría ser gratificante. Otra cosa es la realidad, cuando el ruido de los coches, camiones o autobuses y el sonido de las múltiples obras que se realizan estos días en la ciudad, te obligan constantemente a subir el sonido del aparatejo que te entretiene. La contaminación acústica es uno de los grandes males de nuestras ciudades.
En esas estaba, subiendo el volumen, cuando me vino el recuerdo y la nostalgia de mi niñez, cuando el ruido era infinitamente menor y los sonidos eran fácilmente identificables.
En Valdepeñas, mis abuelos paternos vivían en una calle próxima a la vía ferroviaria, cerca de la estación de Renfe. El entretenimiento de mi abuelo, después de la obligada visita al mercado, era la tertulia junto a otros jubilados apoyados en las traviesas de madera cerca de la “casilla”, viendo pasar los trenes. Algunas veces, cuando le acompañaba, poníamos en los raíles una moneda de perra gorda y cuando ya había pasado algún convoy, si no la había despedido, quedaba toda ella deformada por el enorme peso soportado.
En el silencio de la noche, cuando me quedaba a dormir, llegaban nítidos los sonidos del reloj de la iglesia dando las horas de la madrugada. Y siempre, siempre, el monótono ruido del pasar de los trenes. Mi abuelo era capaz de identificar por la hora o el sonido característico de qué tren se trataba: el rápido de Málaga, el expreso, o los diferentes correos y algún que otro mercancía que llevaban un ritmo más pausado.
Más tarde, el divertimento mayor al visitar a los abuelos era atravesar el paso elevado que permite acceder al barrio de San Pedro, situado al otro lado de la vía, y allí, justo en el centro, hacer algunos saltos y apreciar las vibraciones del puente en cuestión. Ese recuerdo y esa sensación quedó impreso en las mentes infantiles y a través del tiempo permitirá a los biznietos recordar a sus ancestros.
El tren es algo que siempre ha impresionado la memoria infantil, de hecho, han sido muchas las generaciones que soñaban que los Reyes Magos les trajesen un tren, desde el clásico tren de lata de Payá a los sofisticados juguetes de Ibertren.
Vagos recuerdos de la infancia son los primeros viajes a Madrid. El trayecto de los doscientos kilómetros que nos separan de la capital del estado se cubrían casi en un día, sin saber porqué, quizás esperando la llegada de otro tren a la estación cercana, el convoy se detenía enmedio de la llanura. En la época de vendimia, los más atrevidos bajaban de los vagones y repizcaban en las viñas a ambos lados de las vías, un largo pitido anunciaba la continuación del viaje.
Hay una divertida anécdota sobre las antiguas y preciosas máquinas de vapor, en la biografía del torero Curro Romero titulada “Curro Romero la Esencia” escrita por Antonio Burgos. Cuenta el torero que uno de los personajes más graciosos y divertidos era el padre de Manolo Caracol, al que le apodaban “Caracol el del Bulto” y el hecho referido le sucedió realmente, y lo contaba con mucha gracia: Que resulta que iban en el tren, en aquellos años del hambre, desde Sevilla a Madrid, en Despeñaperros la máquina de vapor iba que no podía ni con su alma. Cuando llegaron a Madrid, en la estación de Atocha, justo al pasar al lado de la locomotora pegó un zurriagazo de vapor que envolvió en una nube al sujeto. “Caracol el del Bulto” se encaró muy serio con la máquina, y le dijo: -¿Ahora me vas a venir con un roneo de vapor? ¡Esos cojones, en Despeñaperros!
Después vinieron aquellas enormes locomotoras eléctricas, verdes, impresionantes, con aquella luz arriba, como el ojo de un cíclope, verlas salir de la curva de la “Reserva” acercándose majestuosamente a la estación. Busco en la Red para recordar su imagen, la serie 278 o la 7800 según la antigua numeración de Renfe, construidas con ayuda de EEUU a cambio de la instalación de bases militares, locomotoras bautizadas popularmente como “Panchorgas”.
Alguna vez he referido que una de las distracciones en la adolescencia era ir a la estación para ver pasar los trenes, tratando de ligar, detrás de alguna chica. Este hecho me recuerda siempre la preciosa canción de Serrat “Penélope”.
Hablando de trenes emblemáticos, para mí el expreso de Algeciras es el que me trae particulares recuerdos de un amanecer, subiendo el famoso desfiladero de Despeñaperros, en el que las curvas y la lentitud del convoy me permitían respirar el aire limpio de la sierra, que contrastaba con la cargada atmósfera y la acidez de las respiraciones nocturnas dentro del tren, un tren repleto que transportaba a paisanos, algunos marroquíes y muchos soldados que volvíamos de permiso. Después de algunas horas recalaríamos en la emblemática estación de Atocha, ahora la vieja estación se ha convertido en un éxotico jardín tropical.
Ya lejos de mi ciudad, ausente y cercano a la vez, hago algunos viajes de ida y vuelta en tren. En uno de ellos hago un ejercicio de valentía para vencer mi timidez, aunque se había disminuido la comunicación entre los viajeros, yo no era capaz de asumir el viaje de vuelta sin hablar con nadie. Haciendo un esfuerzo logro entablar una grata conversación con una estudiante que durante el trayecto me cantó las excelencias de un alcalde de aquel tiempo, que a la postre ha pasado a ser uno de esos buenos alcaldes que se recuerdan, hablo del desaparecido Esteban López Vega que gobernó Valdepeñas durante tres legislaturas.
El tren que llegó a la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX, permitió como en muchas otras zonas, el desarrollo de la economía. Sin embargo, ahora el coche y los transportes por carretera han devaluado un concepto de la red ferroviaria que solo pretende desarrollarse en la alta velocidad, ciudades como Valdepeñas ven reducido el servicio, aunque peor lo tiene Tomelloso.
Con los recortes en las infraestructuras y la obra pública por la grave crisis económica que atravesamos, muchas actuaciones proyectadas se demoraran en el tiempo. Porque la alta velocidad, aunque acerca territorios y articula regiones, sólo se desarrolla para viajeros, turistas y ciudadanos que deben tener recursos económicos porque la alta velocidad es más cara. Y cuidado con la administración y su idea del cambio del modelo económico, no vaya a resultar que cambiamos el ladrillo por los raíles.
Las iniciativas turísticas por más que se intentan no dan el resultado apetecido. En nuestra región el tren medieval a Sigüenza, el tren de la fresa o el prácticamente desaparecido tren del vino son intentos loables, pero que no consiguen atraer lo suficiente al viajero. Bien es verdad que el concepto viaje se ha relativizado muchísimo, y ya se ha perdido el concepto romántico del mismo.
Ahora el cercanías me advierte como ha pasado el tiempo, la gente va aislada,envuelta en sus recónditos sonidos, como autistas, o acaso vociferando por un móvil sus intimidades. Muchos pasajeros son de otras razas y otras naciones. Frente a estas sensaciones adversas, el servicio es bueno, los trenes son más rápidos, prácticos y cómodos, algunos de ellos los puedes recorrer de punta a punta sin el recelo que antes producía el pasar de un vagón a otro.
De cualquier forma el tren es uno de los transportes más seguros y que más me gusta para viajar, quedando atrás, en el olvido, retrasos e incomodidades. Su sonido inconfundible siempre me trae gratos recuerdos, porque el tren es parte de nuestro pasado, pero es seguro que también estará presente en nuestro futuro.


21/08/2010 | RAFAEL TOLEDO DÍAZ
 
     
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