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El Cristo de Don Camilo



Giovanni Guareschi no fue un gran escritor. Si hubiera vivido en la actualidad, posiblemente hubiera sido autor de teleseries de éxito. Pero nació a principios del siglo XX y su novela de más éxito fue Don Camilo. Este párroco del pequeño pueblo italiano Brescella habla con el Cristo del altar mayor de su iglesia, elevándole sus continuas quejas sobre los problemas del pueblo y sobre todo, de su principal oponente, Don Peppone. Peppone es el prototipo de revolucionario comunista. Ambos se mantienen en continua tensión y disputa. En las películas que se realizaron en adaptación de esta obra, el Cristo le hablaba a Don Camilo en tono conciliador invitándole a ser comprensivo con Don Peppone. En esta obra se resumen dos prototipos humanos que constituyen dos caras de la misma moneda, enfrentados por dos concepciones de la vida demasiado circunstanciales: la socialdemocracia y el catolicismo de Don Camilo y el comunismo propio de los años cincuenta de Don Peppone. Tanto en las obras de Guareschi como en sus adaptaciones cinematográficas, la última de Luigi Comencini, se pone de manifiesto la pequeñez de la vida de un pueblo. La limitación a lo meramente anecdótico, el engrandecimiento del detalle, la magnificación de cualquier gesto del supuesto contrario. Sin embargo, lo grande de la obra de Guareschi consiste en haber captado, quizá sin él pretenderlo, lo pacato, lo pequeño de esa vida social que se consume en su propio caldo. La novela Don Camilo rezuma rencores antiguos, odios anquilosados que matan el progreso. El pequeño pueblo Brescello se presenta así aislado del progreso económico y social que se pretendió en los años cincuenta en el resto de Europa. Giovanni Guareschi no fue un gran escritor, pero en la pequeñez moral del pueblo descrito en su novela caben la pequeñez y la indigencia moral de todos los pueblos. En todos los pueblos hay un personaje similar que se erige en guardián de los valores morales pretendidamente universales, así como también existe un Don Peppone que se erige en precursor y abanderado del igualitarismo y la libertad. Evidentemente no hay un Cristo que habla y que invita a la conciliación y a la comprensión. Pero sí es cierto que, al igual que en la citada novela, en todos los pueblos hay un moralista que se arroga la propiedad del Cristo. Siempre hay quien se apropia de la religión y se dedica a administrar las creencias y conciencias de cada quien. Y ya no está la situación para que ni personajes libertarios ni de los otros, administren las conciencias como si la conciencia fuera terreno abierto a las cosas del poder. Lo pretendiera o no el autor, el Cristo que habla en la novela representa a la justicia y a la objetividad. Por eso, y estando la justicia y la bondad materializada en escultura, es fácil sacarlo a pasear como si fuera una bandera, y apropiarse de los valores que representa.
Ahora es tiempo de pasear Cristos e imágenes. Y al lado de la imaginería católica se presentan los poderes políticos. El poder político ha sido muy cuidadoso en la España democrática de no apropiarse del Cristo de nadie. Aunque algunas veces no pueden evitar por un lado, los prejuicios hacia quien procesa el cristianismo y, por otro, esa tentación de apropiarse del cristianismo constituyéndolo en paraíso propio. Demasiados prejuicios por ambas partes. Giovanni Guareschi no se equivocó en el retrato. Por cierto, este escritor también fue periodista y gustaba de inventar frases al modo de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y salvando las distancias. “Peligrosos son los hombres grandes de los que uno no se puede reír”. Muy buena frase.


18/03/2008 | AURORA GÓMEZ CAMPOS
 
     
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