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Al menos dos de trece rosas



Hace bien la Santa Iglesia Católica en beatificar a aquellos y a aquellas que con su vida ejemplar y su terrible muerte dieron testimonio, en las circunstancias más difíciles y desahuciadas, de su fe y amor a Dios y al prójimo, probando esto último con el perdón de sus “pobres” verdugos. Los 498 nuevos beatos españoles recientemente incorporados al santoral representan, todos y cada uno, vidas buenas y honradas, valientes y virtuosas, e indudablemente santas. Ahora bien, dada la situación de división radical que genera para decenios una Guerra Civil entre la sociedad, no estaría de más, en aras de una reconciliación de los dos viejos bandos, de “las dos españas” que parecen resistirse cada una a perder el monopolio de la razón, que nuestra Iglesia Católica buscase en el otro bando, entre los muchos inocentes que sufrieron una muerte injusta en la España que había dejado de ser católica, a algún personaje ejemplar que “a su modo” diese también testimonio de su confianza en Dios y de perdón a sus verdugos.
A bote pronto, me salen ahora “Las Trece rosas”, según las llamó la onomástica sentimental de la izquierda. En efecto, trece mujeres –seis de ellas menores de edad, es decir, menores de 23 años– fueron fusiladas el 5 de agosto de 1939 por ser miembros de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) y por estar relacionadas con un plan de atentado contra Franco. En realidad no fue más que una venganza, una cobarde represalia por parte de los vencedores, por un triple asesinato que se había producido una semana antes. Efectivamente, la noche del 29 de julio tres miembros de las JSU, vestidos con uniformes militares, pararon en la carretera de Extremadura, cerca de Oropesa, el automóvil en que viajaban el teniente coronel de la Guardia Civil Isaac Gabaldón Irurzun, su hija de diecisiete años y el conductor. Tras viajar un rato con ellos, los comunistas encañonaron, robaron y asesinaron a los dos hombres y a la chica. Gabaldón trabajaba en la represión del comunismo y la masonería, y se dijo después que su asesinato podría responder a alguna oscura maniobra en la que los pistoleros habrían actuado como marionetas, porque el teniente coronel sospechaba de algunos de sus superiores como masones, los cuales se sentían amenazados. Lo cierto es que aquel triple crimen conmocionó al naciente Régimen hasta sus propios fundamentos, y como primera medida el 3 de agosto se decidió convocar un consejo de guerra como respuesta contra 57 miembros de la JSU, entre ellos catorce mujeres. La vista concluyó con 56 penas de muerte, librándose sólo una de las muchachas, que tenía sólo dieciséis años.
Aquellas trece mujeres fusiladas fueron llamadas LAS TRECE ROSAS por todos aquellos que durante casi cuarenta años fueron antifranquistas. Las trece escribieron cartas a sus familiares la noche antes de ser fusiladas. Son cartas verdaderamente estremecedoras, llenas de valor moral, y al menos en dos de ellas se aprecia la creencia en una vida ultraterrena, en un mundo bueno y santo después de la muerte. Así, por ejemplo, Dionisia Manzanares, de veinte años, antigua miliciana, escribió lo siguiente a su familia: “No os apuréis, conservad la serenidad y la firmeza. Que no os ahoguen las lágrimas, a mí no me tiembla la mano al escribir. Estoy serena y firme hasta el último momento. Pero tened en cuenta que no muero por criminal ni por ladrona, sino por tener un ideal. Nada más, no tener remordimiento y no perder la serenidad, que la vida es muy bonita y por todos los medios hay que conservarla. Muchos besos y abrazos de vuestra hija y hermana que muere inocente. Queridísimo hermanillo: recibe muchos besos de tu hermanita, que en estos momentos pierde la vida, pero no te preocupes, yo tengo tranquilidad. Tu tienes diez años y te queda mucho por vivir y ver, por esto sé que no debéis sufrir, y tú menos. Cuídate mucho, cariñín, recibe besos de tu hermana con todo el corazón. Dentro de muchos años nos veremos en un mundo mejor.” Cuando se lee esta carta las lágrimas se nos hielan como españoles, y se nos convierten en diamantes puros. ¡Qué burros fuimos, Dios mío! ¡Unos y otros! Otra joven sentenciada, Julia Conesa, de diecinueve años, se despedía así: “Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Cuidad a mi madre. Me matan inocente, pero muero como debe morir un inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que mi nombre no se borre en la historia”. Y, como ves, pequeña Julia, tu nombre sigue aquí. Desde luego, si analizamos estas dos únicas cartas ¿acaso no percibimos en ellas una inocencia tan radical y tan dulce y tierna que la podríamos confundir con la santidad? Incluso una de las TRECE ROSAS solicitó a las monjas que las custodiaban jabón, perfume y colorete, de suerte que pudiera ir a encontrarse con la muerte en la plenitud de su belleza virginal. Naturalmente las monjas cumplieron con aquel último deseo suyo no porque ayudasen a una valiente coquetería impasible, sino porque ayudaban a subrayar la dignidad de una mujer hermosa y joven, entregada a la ferocidad de una muerte injusta.
Yo estoy seguro en mi sentir que muchas de estas chicas inocentes estarán ahora compartiendo la vida eternamente beata, la vida de las vidas, con los otros mártires españoles recién beatificados y colectivamente canonizados. Y es que hay un cristianismo natural, el del “anima naturaliter christiana”, asentado en el alma popular, que necesita mucha teología con sentido común y muy poco profetismo escandaloso.


08/11/2007 | Martín-Miguel Rubio Esteban
 
     
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