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La memoria histórica. Mi memoria histórica



He ido a ver una película titulada “Las trece rosas”, el mismo día precisamente que en Roma se beatificaban cuatrocientos noventa y ocho mártires españoles. “Las trece rosas”, aún basada en un hecho real, lamentable y condenable, es pura demagogia sensiblera en la que se inventa más que se cuenta, llena de tópicos antifranquistas y en la que no se aclaran nítidamente las causas que llevaron al fusilamiento a esas trece jóvenes madrileñas, ni se da noticia sobre los responsables políticos que manejaban a estas muchachas. En Roma se beatificaban a casi medio millar de sacerdotes que fueron ejecutados por el hecho de ser católicos y que también fueron ejecutados algunos salvajemente. El Vaticano debería haberse abstenido de esta celebración o haberla hecho mucho antes.
¿A qué recordar tiempos pasados? ¿A cuento de qué remover tumbas olvidadas? ¿Qué se consigue con el odio y con la confrontación?
Ocupa la actualidad la mal llamada Ley de la Memoria Histórica, y que mejor sería llamarla como de la Media Memoria Histórica, ya que sólo enardece, justifica y mitifica a un bando de la Guerra Civil, precisamente al que perdió la contienda. La Ley de la Memoria Histórica sólo pretende ceder a la tentación totalitaria y construir un relato único sobre el pasado.
Pretender que sólo asesinaron y maltrataron los llamados nacionales, mientras que los otros eran buenísimos patriotas, en pro de la libertad y la justicia, es algo totalmente falso e injusto. Frente a los crímenes de los nacionales en Badajoz, por ejemplo, están los cometidos en Paracuellos del Jarama; frente a las represalias del bando franquista al fin de la contienda, no se pueden olvidar las sacas de los milicianos y las ejecuciones del Frente Popular al inicio de la contienda, matando inocentes en cada pueblo y en cada ciudad.
La Historia no se puede manipular y hay que estudiarla siempre con objetividad y dentro de su contexto y su situación. La Historia no se puede manipular; tampoco se puede tirar por la borda el perdón y la reconciliación que tanto trabajo y tanta renuncia costó después de 1975 y hasta la Constitución. No se puede dar al traste, por resentimientos y progresismos, al espíritu de la Transición.
Yo, como ciudadano y ser humano, también tengo mi memoria histórica, aunque sólo tenía cuatro años cuando comenzó la Guerra de 1936 y siete años cuando finalizó, pude contemplar actos crueles y sanguinarios que aterrorizaron mi mente de niño que estrenaba la vida y el conocimiento. Ocurrió en zona roja y quedé traumatizado para siempre: torres de iglesia ardiendo, cadáveres en la calle, hombres a los que se les daba el paseo en el coche fantasma, ante los alaridos de su mujer y de sus hijos y hasta el horror del estallido de una bomba que te hace perder la gravedad de tu propio cuerpo. Sin embargo, yo he dejado en las profundidades del olvido esta memoria histórica personal, y nunca la he utilizado para hacer política o para enfocar el drama desde un solo punto de vista o una única perspectiva. Ocurrió lo que ocurrió, vi lo que vi, cuando era un niño, y punto y final.
Hay que olvidar un hecho que ocurrió hace setenta años y que no tiene justificación alguna rememorar cuando, incluso los niños que lo vivimos con apenas uso de razón, somos ancianos y estamos al borde de la sepultura.
Las heridas no se deben reabrir, hay que cicatrizarlas.


08/11/2007 | Pascual Antonio Beño
 
     
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