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Los Mártires de Valdepeñas
Personajes manchegos de la guerra civil


Ya desde febrero del 36, con el triunfo del Frente Popular, se iba haciendo patente y supervisible el odio a la Iglesia y a los clérigos por parte de un buen sector de la izquierda de entonces. Los sacerdotes debían salir a la calle vestidos “de paisano” de acuerdo a la promulgación de “las leyes laicas” del gobierno del Frente Popular. Muchas iglesias y conventos ardían en Madrid y en otras ciudades de España, como Badajoz y Cádiz, con absoluta impunidad por parte de los incendiarios, como fueron las preciosas Iglesias de San Ignacio, en la calle del Príncipe, o la iglesia de San Nicolás, ambas de la capital de España. Las monjas tenían que ir, asimismo, vestidas de señora, con esa dejadez de la gente religiosa cuando abandonan los hábitos. Algunos partidos de izquierda ponían carteles en las paredes de las calles, en los que se veían escobas que barrían a frailes y monjas horribles entre cucarachas y sapos, y gordos y sensuales obispos golpeando con un gran crucifijo a obreros encadenados. Ya hacía tres años que la República había expulsado a los jesuitas. La gente empezaba a dejar de ir a misa por el pánico que la revolución iba insuflando en los corazones amedrentados. El miedo guarda la viña. Y todas las espitas del odio anticlerical se abrieron con toda la fuerza cuando se produjo en África y Navarra la rebelión militar. Alrededor de 6.400 sacerdotes fueron masacrados sin piedad; sobre todo, durante los meses de agosto y septiembre de 1936. Ni siquiera las terribles persecuciones de los emperadores Decio y Diocleciano llegaron a sumar la barbarie de tal aritmética de odio. Al gobierno republicano le fue totalmente imposible, en medio del gigantesco desorden institucional de los tres primeros meses de la Guerra, controlar “la justicia” de algunos malos milicianos. Lo que fueron los curas en la zona republicana, lo fueron los maestros en la zona nacional. Curas y maestros fueron el chivo expiatorio de una España en la que se adueñaron durante un tiempo las turbas más ignorantes, más despreciativas de la cultura, más cobardes, más abyectas y más miserables. En defensa de la República hay que decir que Negrín, a mediados de 1937, pudo parar casi por completo los asesinatos de religiosos, y hasta promulgó una ley en que garantizaba la libertad de cultos en la zona republicana, en tanto que la España nacional siguió fusilando a maestros hasta 1939.
Desgraciadamente Valdepeñas, bajo la alcaldía de Félix Torres, una especie de Pol-Pot de aquella tristísima época, fue un lugar en donde cerca de ochenta religiosos, tanto de la propia ciudad como de pueblos de la comarca, fueron vilmente asesinados, y algunos de ellos brutalmente torturados y mutilados antes de su ejecución. Recordemos algunos de sus nombres.
Reverendo Padre Manuel Maroto Sánchez, capellán del cementerio de Valdepeñas. Se oyó un solo tiro, y cayó como un pañuelo. Antes se le había prometido que si blasfemaba salvaría la vida, pero no cedió al chantaje. “¡Qué pena que no haya blasfemado! Lo hemos matado, pero no lo hemos enviado al infierno.” – dijo con sabiduría y guasa teológicas un miliciano.
Reverendo Señor Don Jesús Gigante y Ruiz. Coadjutor de Valdepeñas en el Santo Cristo. Fue conducido a la terrible checa de la Concordia. Fue bárbaramente apaleado y torturado. Luego, arrojado a la hoya agonizante, y rematado con dos disparos de pistola. La luna iluminaba los árboles anémicos hilados por la seda amarilla y sucia de las procesionarias.
Reverendo Señor Don Juan García Carpintero, coadjutor de Valdepeñas en la Iglesia de la Asunción. El propio chequista Félix Torres torturó cruelmente a Don José García Carpintero en la cárcel, y fue asesinado con otros cuarenta seglares.
Reverendo Señor Don Félix González y Bustos, cura regente de Santa Cruz de Mudela, asesinado en el cementerio de Valdepeñas la noche del 19 de agosto. Sonó una descarga. Cayó como una ropa desprendida de un alambre. Aún se removía en el suelo. Flexionaba las piernas y las extendía convulso. “Parece un conejo”. “Dale a ése, que “entoavía” se mueve”. Y un miliciano piadoso apoyó su revólver en la cabeza blanca.
Reverendo Señor Don Pedro Buitrago y Morales, coadjutor de Santa Cruz de Mudela, asesinado también en el Cementerio de Valdepeñas la noche del 19 de agosto. Un miliciano aproximó un farol al rostro del muerto, con los ojos desorbitados. “Parece un besugo”.
Reverendo Señor Don Justo Arévalo y Mora, Capellán de Santa Cruz de Mudela, asimismo asesinado en el Cementerio de Valdepeñas la noche del 19 de agosto. Tras un pequeño trueno, siguió la noche, serena, estrellada, silenciosa, hermosa, indiferente.
Reverendo Señor Don Juan Pedro Gómez García-Sotoca y Marqués. Coadjutor de Valdepeñas en la parroquia de la Asunción, de origen muy humilde y amigo de los más pobres. Según consta en el martirologio diocesano de Ciudad Real, el chequista Félix Torres, antes de matarlo, le cortó un brazo, le sacó los ojos y le cortó la lengua. Posiblemente la España de Franco exageró los crímenes de sus enemigos. Perspectiva lúgubre, de cipreses oscuros, puntiagudos, sobre los cielos descompuestos del amanecer.
Reverendo Señor Don Manuel López-Villalba y Menchén, coadjutor de Membrilla, y asesinado en Valdepeñas en el amanecer del 15 de agosto de 1936. Estaba sereno. Miraba al cielo fresco, que ya se abría con charcos de luz rosa. Y los primeros pájaros locos de alegría chillona. Detrás imaginaba sinfonías y arpas. Le apuntaron terribles. Extendió el crucifijo hacia sus verdugos. “A éste no le matáis”. Cayó en medio del eco del estruendo fusilero. “Ha estado valiente el curita”. “Como un jabato”.
Reverendo Señor Don José María Rodríguez-Madridejos Marchán, capellán de Mudela, y asesinado en Valdepeñás el 23 de agosto. Lo fusilaron en las tapias del Cementerio con otros del pueblo. Le obligaron a hacer la zanja. Luego le taparon con tierra. “Ahora, a criar malvas”.
Reverendo Señor Don Cristino Gavinay Heredia, coadjutor de Membrilla, y asesinado en Valdepeñas el 16 de agosto. Nadie más obediente que un condenado a muerte, porque ha hecho entrega ya de la voluntad a su verdugo y lo sigue como un hipnotizado. Pero Don Cristino era un hombre valiente, y conservó su humor castizo que lo había hecho célebre por su afición a los toros. “¿Quieres algo para tu familia?” “Sí; ponedles un telegrama diciéndoles que estoy bien.” Así murió. Los milicianos lo miraron con cierta lástima.
Reverendo Señor Don Domingo Chacón y Bellón. Párroco Arcipreste de Valdepeñas. Asesinado en la madrugada del 31 de agosto. Dio un viva a Cristo Rey y cayó acribillado. Pronto apareció un sol jubiloso, verdaderamente grandioso, que parecía indiferente a los cadáveres que iluminaba, que parecía indiferente al pobre país que iluminaba.
Y aunque es absolutamente cierto que importantes sectores de la Iglesia instilaron odio a la República en los corazones de los fieles desde sus soberbios púlpitos, y hasta animaron moralmente el Alzamiento, los verdaderos culpables siempre serán los que aprietan directamente los gatillos. De uno y otro lado.


27/04/2007 | Martín Miguel Rubio Esteban
 
     
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