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LOS OTROS RESTOS DE QUEVEDO
LA EXHUMACIÓN DE 1869 Y EL ENTIERRO DE 1920


Si definitivamente Quevedo es Quevedo y los restos hallados en la cripta de santo Tomás de Villanueva de los Infantes corresponde al satírico y burlón escritor, habremos asistido a la tercera exhumación de sus huesos y seremos testigos de su cuarto entierro.
Turbulenta vida, tranquila muerte y azaroso descanso a quien el día de su entierro robaron las espuelas de oro, extraviaron sus restos y perdieron su partida de defunción. Como escribió el poeta Federico García Lorca:
¡Ah, que gran injusticia se ha cometido con Quevedo!... En un viaje por la Mancha me detuve en el pueblo de Infantes. La plaza del pueblo desierta. La Torre de Juan Abad. Y muy cerca, la iglesia, con carátulas de los Austrias. En la iglesia, sin luz, se oían los aullidos de una niña del pueblo que cantaba a los dioses. Entre sobrecogido. Y allí estaba Quevedo, solo, enterrado, perpetuando la injusticia de su muerte. Me parecía que acababa de asistir a su entierro. Sí; yo le había acompañado en una comitiva de polillas y golfainas...

No sabemos si en su cuarto entierro acompañará una comitiva de polillas y golfainas, pero por fin Villanueva de los Infantes hace justicia a la muerte de Quevedo, 362 años después de su fallecimiento y numerosos errores.
En esta ocasión recordamos la anterior exhumación y el tercer entierro de los otros restos. No eran los verdaderos, pero en espíritu sí. Villanueva de los Infantes zanjó erróneamente una deuda con el escritor que ahora se cierra definitivamente. Esperemos que así sea.
LOS OTROS RESTOS
El 2 de junio de 1869 llegaba un correo al Ayuntamiento de Villanueva de los Infantes del gobernador civil de la provincia que daba cuenta de una orden del ministro de Fomento para que se averiguara el paradero de las cenizas de don Francisco de Quevedo y Villegas y caso de existir, se remitieran a Madrid antes del día 6 de junio para que formaran parte, con otros, de los honores que se le iban a tributar a varios hijos ilustres de España. Se debía acompañar de un acta de exhumación y de una comisión municipal para su traslado.
La corporación municipal que debía llevar a cabo la investigación para hallar los verdaderos restos de Quevedo (perdidos en la iglesia de san Andrés desde el siglo XVIII) estaba formada por el alcalde primero, don Diego Antonio de Bustos; alcalde segundo, Jacinto de Bustos; regidores, Antonio Cantón, Simón Matamoros, Juan Francisco Fernández de Sevilla, Víctor Guerrero, Jaime Villalba, José Antonio Fernández de Sevilla, José María Ceva, Antonio Cantón, Alejo Carrascosa, Tomás Pinar y Félix Pacheco.
A partir de entonces comenzaron todas las diligencias. Se solicitó información al vicario del Campo de Montiel que aseguró que según una nota de colecturía se comprobaba que don Francisco de Quevedo había fallecido en Infantes del día 9 de septiembre de 1645 y que fue enterrado en la iglesia de San Andrés. Por fin, el día 2 de junio el Ayuntamiento en pleno acordó que se enviara copia de la carta del gobernador al vicario del Campo de Montiel para solicitar permiso y llevar a cabo la exhumación de los restos de Quevedo; que en caso de permitirlo, con asistencia del vicario se abra la bóveda con presencia del alcalde primero y segundo, y otros regidores, del doctor en medicina y cirugía don Francisco González Conde y del secretario del Ayuntamiento; que una vez exhumados los restos se levante acta del acto por cuadruplicado y que se construya una caja decente para depositar los restos.
La segunda exhumación de los restos de Quevedo debió producirse entre el día 2 y 3 de junio de 1869 “...después de haberse encontrado la bóveda que hay en la capilla ahora de la Soledad ... con los restos mortales que a no dudar deben ser los del celebre poeta don Francisco de Quevedo y Villegas.” Certificaba el secretario del Ayuntamiento. Posteriormente se acordó que los restos se debían remitir al Panteón Nacional con el acta de exhumación y con una comunicación para el ministro de Fomento. La comisión de traslado estaba compuesta por Jacinto de Bustos, José María Ceva y el licenciado José Francisco de Bustos. Igualmente se acordó que estos restos fueran acompañados del Ayuntamiento por la calle del Olmo hasta la carretera de Valdepeñas, donde los recibiría la comisión que los debía trasladar hasta Madrid, con la llave de la urna que contenía los ilustres despojos junto a la documentación solicitada.
Conforme a todo, el día 12 de junio a las dos de la tarde se reunió en la sala de sesiones del Ayuntamiento el alcalde acompañado algunos de los regidores del municipio y otras personalidades de la población para dar comienzo a la procesión cívica que debía despedir los restos de Quevedo. Éstos fueron colocados y envueltos en algodones, en una cajita forrada de veludillo negro con galón de platilla blanco con la inscripción de su contenido puesta sobre la tapa. La caja puesta sobre la mesa del alcalde fue tomada por los concejales de la comisión de despedida y estos a su vez fueron escoltados en dos filas por los concurrentes y curiosos, además de dos miembros de la guardia civil. Al asomar la comitiva a la plaza Mayor las dos orquestas del pueblo tocaron piezas a la vez que repicaron las campanas de la torre de San Andrés. Se dirigió la procesión cívica por la calle de la Cárcel y continuó por la del Olmo hasta la carretera de Valdepeñas. A las dos y media la comisión de despedida entregaba la caja con los restos de Quevedo a la comisión de traslado que los llevaría a Madrid para depositarlos en el Panteón Nacional.
Antes de partir el alcalde “balbuceó las palabras que la emoción ... el sentimiento que arranca del afecto del corazón cuando se desprende de objeto estimable; emoción que se veía representada en el semblante de la inmensa concurrencia que allí había esperado.”Después se hizo entrega de la urna, la llave y los otros documentos a don Jacinto de Bustos. Montaron en un carruaje y salieron para Madrid a las tres y media de la tarde.
El Panteón de Hombres Ilustres fracasó y poco tiempo después los restos de Quevedo volvieron a Villanueva de los Infantes. La caja fue depositada en un desván del ayuntamiento. Permaneció olvidada, cubierta de legajos y polvo, no del enamorado, hasta 1920 que se descubrió y fue enterrado por tercera vez en la ermita del cristo de Jamila.
Desde entonces allí se ubicaba la tumba apócrifa de Quevedo que ha pasado a convertirse en nuestra particular tumba del soldado desconocido. Todos sabíamos que no contenía los verdaderos restos de Quevedo. Ahora se confirma, pero ¿de quién son entonces?


19/04/2007 | CARLOS CHAPARRO CONTRERAS
 
     
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