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Ellos no tienen la culpa



Al final siempre les toca pagar a los pobres, a los más pobres. Y al principio.
La denunciada presunta corrupción de la ONG “Fundación Intervida” ha provocado un revuelo mediático y social que ha servido para atizar las ascuas de quienes jamás colaboran ni directa ni indirectamente con la causa de los desheredados, de los miserables, bajo la excusa de que sus dineros pueden acabar perdiéndose en los bolsillos de algún dictador corrupto de cualquier país del Tercer Mundo. Pero también puede haber servido para disuadir a algunos de aquellos que sí venían haciéndolo.
Estadísticamente, y aunque no sea justificable bajo ningún punto de vista mínimamente honrado, puede resultar entendible que en el océano de las organizaciones que intervienen a favor de causas justas surja alguna que rompa ese clima bonancible que apuesta desde la base más espontánea por minorar el dolor de los “otros” o por evitar las muertes que el hambre, la sed o la enfermedad curable siguen provocando cada segundo en este mundo asimétrico que eufemísticamente llamamos globalizado.
Igual ocurre en la clase política, en la empresarial, por citar dos sectores concretos. Unos garbanzos negros no hacen corruptos a todos los servidores públicos o a todos los emprendedores. ¿Quién, incluso, no conoce cerca de sí, al nivel que sea, algún caso en el que cierta conducta dolosa perjudica el clima de honrada normalidad que mayoritariamente prima en su entorno? ¿Quién, a lo largo de su vida, no ha incumplido premeditadamente con sus deberes cívicos, gruesa o venialmente, y ha intentado, si es que lo ha hecho, autojustificarse bajo el paraguas de que nadie está libre de pecado?
Los directivos de Intervida, si se prueban los hechos que se les imputan, merecen todo el peso de la Justicia y cambiar sus despachos por la cárcel. Pero los excluidos, los derrotados, los apedreados con los silencios del mundo desarrollado, no pueden quedar sometidos a una vuelta más de la tuerca que les ahoga.
La mayoría de las organizaciones altruistas que conozco están conformadas por hombres y mujeres íntegros, por voluntarios en la mayoría de las ocasiones, que han hecho de sus existencias espacios y maneras para trabajar en el afán de conseguir un planeta más igualado, igualador, igualitario. En su favor estará encendida siempre la antorcha de mi personal agradecimiento y marcada la evidencia de mi sana envidia de hombre que no merece estar a la altura de sus simbólicas zapatillas.
Los pobres no tienen por qué volver a pagar de nuevo. Ya eran víctimas antes del contencioso de “Intervida”. Son los primeros perjudicados, antes que los donantes, por el contencioso de “Intervida”. Pero, por favor, que no lo sean después.


14/04/2007 | Nemesio de Lara Guerrero
 
     
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