http://www.corcovo.com/
    jaraiz.net  |  Noticias  |  Opinión
 
 
  Portada  
  Noticias  
      Valdepeñas  
      Manzanares  
      Comarca  
      Cultura  
      Deportes  
      Opinión  
      El Comentario  
      Provincia/Región  
  El comentario  
  Emprendedores  
  Encuestas  
  Enlaces  
  Contacto  
  Crónicas Plenarias  
 
Veinte años no es nada



Escribir es fundamentalmente un placer que se enturbia cuando se convierte en obligación. Este placer puede transformarse en angustia cuando la motivación del escritor es un irrefrenable deseo de agradar. Escribir un artículo para agradar es fácil cuando se manejan algunos recursos. La verdadera comunicación acontece cuando se agrada con aquello que uno ha escrito, sin la menor voluntad de gustar a nadie más que a uno mismo.
Mi primer artículo lo escribí en 1.985. En Canfali, por supuesto. Desde entonces he escrito cientos de artículos. Un camino largo en el que se descubre que el escritor no es escritor si no es esencialmente generoso. Escribir es un acto de generosidad. Significa olvidarse de uno mismo y pensar en comunicar al lector algo que realmente le importe. Al lector no le importa si el escritor es una eminencia, un sabio erudito, si es de una tendencia política concreta, o qué le ocurre a su sexo. Al lector le importa aquello que le conmueve en cualquier sentido. Por eso no es recomendable ser egocéntrico cuando uno escribe. Si se me permite la contradicción con la frase anterior, en la gran mayoría de los artículos que he escrito, he evitado el uso de la primera persona y el pronombre personal “yo”. Cuestión de pudor y de modestia.
Sin embargo en este artículo hago una excepción. Hablaré de mí y en primera persona. Yo nunca he escrito para los demás. La generosidad del escritor nace de la siguiente paradoja. El escritor debe gustarse a sí mismo, ser honesto consigo mismo, y sólo así conmocionará a los demás. Creo en el escándalo de la creación literaria como mejor forma de comunicación. Entendiendo el escándalo tal y como lo entendían los antiguos griegos. “Escandalon” significaba en el teatro griego conmoción, y dicho término aún carecía de los tintes morales con el que se entiende en la actualidad. El escritor que no conmociona, no escribe: junta letras.
Si la motivación del escritor es engarzar una ristra de nombres de vacas sagradas de la pseudoliteratura caciquil con los que se relaciona él mismo; si su objetivo es lamer la presunta obra literaria de un autor para recibir libaciones de vuelta, o tal vez el objetivo sea empequeñecer al lector con supuestas lecciones magistrales, o centrarse en sus tripas políticas, ese escritor no escribe porque no es generoso.
Escribir significa enfrentarse a uno mismo desnudo, despojar a los sentimientos de anécdotas y del pronombre personal “yo”, y lo que finalmente queda es la esencia para comenzar a escribir. En esto consiste la generosidad del escritor. El autor entrega su pensamiento, desgarrando sus entrañas, para luego olvidarse de sí mismo, y entregarlo al lector, con el pronombre personal “tú”.
En los cientos de artículos que he escrito en estos veintiún años, me he equivocado muchas veces. He podido imitarme a mí misma (craso error). He podido ser hermética o no obedecer a las normas mínimas de la comunicación. Pero el mayor error consiste en olvidarse del lector y utilizar las páginas de un periódico como sumidero de la propia dosis de porquería que a cada uno le toca en esta feria. Cuando el sufrimiento no se transforma en creatividad el escritor no escribe, tan sólo llora en voz alta. Se equivoca.
Desde 1.985 hasta ahora, no puedo negar que siempre he tenido alguna contención en lo que escribo. La autocensura existe siempre. En Canfali nunca se me ha limitado, orientado o “recomendado” acerca de lo que debía escribir. Y es que Canfali no es “Los mundos de Yupi”. Canfali no es un “medio a medias” en el que sólo se cuenta y selecciona aquella información y opinión que refleje lo felices que somos y lo bien que va todo, con una parcialidad pasmosamente premeditada. Canfali es plural y me enorgullezco de escribir para un medio en el que tiene cabida cualquier ideología política, cultural, social y religiosa.
En estos más de veinte años no han faltado quienes han intentado dominar este medio, con artimañas más que cuestionables éticamente. Nunca lo han conseguido. La prueba es que a pesar de mi propia autocensura, siempre he sentido libertad para escribir lo que quisiera. A este respecto, también debo añadir que en mi trabajo tampoco nadie me ha puesto trabas para escribir. Mi jefe anterior jamás me indicó si debía escribir o no. Dejé de escribir un tiempo porque le vendí mi trabajo, pero no le vendí mi palabra, la cual mantuve protegida con un doloroso silencio. Aun así, el artículo con más carga política lo escribí bajo su mandato. Escribí de toros y toreros. Debajo de la reflexión sobre tauromaquia subyacía una desenfrenada descarga de crítica política. Conclusión: los entendidos en toros dijeron que yo no sabía nada de toros. Y los políticos que leyeron el artículo (poquitos) no entendieron más allá de la literalidad del mismo. Fue un pase torero con el que disfruté muchísimo. También escribí en contra de la guerra de Irak, poniendo en peligro mi propia subsistencia, pues no faltó quien quiso convocar reuniones para cuestionar mi continuidad. Mi jefe me dijo: “si hace falta lo suscribo”. Siempre conté con su respeto. En la actualidad, he escrito de política abiertamente. No me han hecho falta los toros como excusa. Y puedo estar muy orgullosa de que las ideas manifestadas han sido respetadas por mi actual jefe.
Pero he de reconocer que hemos tenido problemas. Cualquier cosa que yo escribiera durante mi anterior trabajo, servía para cuestionar ideológicamente la independencia del director del periódico. Y, viceversa, cualquier cosa que escribiera el director del periódico servía como arma arrojadiza para poner en peligro mi puesto de trabajo. Así fue. Los falsos defensores de causas justas no dudaron en lapidarnos a los dos por el simple hecho de nuestra consanguinidad. Queridos, no olvidéis que la memoria es larga y la paciencia también. Valdepeñas es muy puñetera. En palabras de Francisco Nieva: “Aquí hay muy buena gentuza”. Sin embargo, hemos sobrevivido. Nadie ha conseguido que el director del periódico deje de ser quien es y que yo deje de ser quien soy, en un ámbito de libertad que no se ha conseguido silenciar, ni se conseguirá desde ninguna instancia.
Otra carga o servidumbre que conlleva escribir es que muchos lectores no saben leer un texto sin pretender adivinar en el autor sus tendencias y pensamientos más allá de lo realmente escrito. Así que hay que soportar los gajes del oficio. Escribir es exponerse a la calificación de la propia persona. Hay lectores que no saben leer un artículo sin antes identificar la etiqueta o poner un marchamo al autor como si fuera un pollo. Si el escritor es autónomo, creativo y sobre todo, independiente, hay lectores que se despistan y que no entienden los parámetros del librepensamiento. Ya lo tabarreaba Paco Ibáñez: “No, a la gente no gusta que/ uno tenga su propia fe”.
En este contexto, he pasado por facha, por roja, por machista, por feminista, por mojigata, atrevida, irreverente, demasiado intrincada, demasiado llana. Demasiado irónica, demasiado triste, demasiado alegre. En todos estos años lo único que realmente me ha importado es ejercer mi libertad. Siempre he pensado que si tan sólo me leía una persona merecía la pena. Y así continúo creyéndolo. Una sola persona que descubra en mis palabras lo que él o ella quisiera decir, es un premio más que suficiente para mí, que sólo me considero aprendiz. En Valdepeñas y alrededores estamos rodeados de eminencias: críticos de arte, novelistas, investigadores, poetas consagrados y mundialmente reconocidos. Me da mucho pudor que alguien me presente como poeta. “Poeta” es una palabra tan grande que no entiendo cómo tantos se autocalifican como tal. Dejémonos de tonterías. Aquí no hay poetas. La única poeta que había –Sagrario Torres- falleció recientemente. Aquí hay aficionados al verso, gente que escribe por necesidad emocional, pero poetas no hay. Quien dice de sí mismo que es poeta o es un ignorante, o es muy soberbio, o es las dos cosas. Insisto, aquí no hay poetas, ni escritores, ni muchas otras cosas. Este tema queda pendiente para un próximo artículo.
Espero pasar los próximos veintiún años escribiendo para Canfali. Continuar aprendiendo y autocensurándome sólo lo necesario. Otros veinte años de aprendiz siempre vienen bien.




09/12/2006 | Aurora Gómez Campos
 
     
joroba.es | programacion web