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Leer no debería suponer un esfuerzo
* Mareando la perdiz


Y sin embargo, reconozco que este verano pasado me ha costado leer un libro que yo mismo elegí, me refiero a la reciente biografía del poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory.
Aquella mañana escuché en la radio la pequeña nota que hacía Benjamín Prado sobre las recientes publicaciones. Como no podía ser de otra forma, cuando escuché el nombre de uno de los fundadores del Postismo, me impuse a mí mismo conseguir lo más pronto posible un ejemplar de "Prender con keroseno el pasado", que así se titula esta semblanza sobre el excéntrico poeta.
En apenas unos días llegó a mis manos el texto escrito por José Manuel García Gil y que está editado con el mimo que merece el biografiado, un poeta extravagante y raro que vivió mucho tiempo en Francia, concretamente, en Amiens donde definitivamente se instaló, pero sobre todo, donde guardó el enorme legado epistolar que mantuvo con sus amigos y con numerosos poetas y literatos de la época.
Reconozco que no he leído demasiado a Ory y, sin embargo, siempre me encandiló ese último ismo y su fundador. Un postismo transgresor que mostraba alegría y frescura reivindicándose frente al inmovilismo que imponía el garcilasismo, una poesía tradicional de la posguerra donde primaba el orden de la métrica. Ante la novedad, algunos mentores del régimen aplaudieron y financiaron inicialmente la aparición de este movimiento creador pero enseguida desistieron del intento.
Dos fueron las publicaciones iniciales donde trataron de mostrar las innovaciones que aportaban al movimiento literario. En enero de 1945 aparecía "Postismo" y, más tarde, por cuestiones de censura, editaron dicha obra con el nombre de "La Cerbatana". Además, en diferentes medios se llegaron difundir los cuatro manifiestos sobre el postismo.
Pero no se trata de mostrar datos y fechas sobre la evolución de tan celebrado como efímero movimiento cultural, pues el interesado lector podrá buscar cualquier información en la amplia bibliografía que muestra la Red sobre el tema.
De la reciente lectura me gustaría entresacar algunos fragmentos de las peculiaridades del personaje y, más concretamente, sobre su trayectoria vital y la forma de relacionarse con otros autores.
En particular me interesa la relación que tuvo con los poetas manchegos que se sumaron al movimiento postista, como por ejemplo, Ángel Crespo. Aunque el primer contacto se produce con el poeta valdepeñero Juan Alcaide, a pesar de su invitación y de mantener con él una amistad reflejada en una relación epistolar abundante, no logra el gaditano que éste se una a tan estrambótico grupo. Resulta sorprendente su atrevimiento al preguntarle al vate manchego el por qué de escribir "Ganando el pan", un texto donde Alcaide trata de justificar su pasado para redimirse ante el nuevo orden.
Se unen más tarde al grupo los hermanos Nieva, especialmente Paco, sin olvidar al pintor Gregorio Prieto, pero lo hacen seguramente más por estética y por sus ganas de transgredir las normas impuestas por el régimen. De alguna manera pretendían enfrentarse a la oficialidad de la cultura y la literatura en aquella época gris de la posguerra.
Leyendo esta cuidada biografía, uno se percata del intento de resaltar la extremada precariedad económica del poeta y, sin embargo, creo que esa precariedad es más emocional y no tanto física, puesto que gran parte de la sociedad de aquel tiempo tenía grandes carencias materiales.
De alguna manera, el poeta siempre logró conseguir becas y trabajos relacionados con su actividad literaria, y viajó a múltiples lugares y países para dar conferencias o recitar sus versos, una actividad muy limitada para cualquier otro ciudadano normal. Destaca de la innumerable cantidad de conocidos la gran relación que mantuvo con el tomellosero de adopción Félix Grande y su mujer Francisca Aguirre. Mientras que él permanecía en Francia, Félix gestionaba en España la posibilidad de publicar sus libros e invitarlo a conferencias para difundir su obra.
Sobresale el afán creador de Carlos Edmundo, siempre escribiendo y tratando de promocionarse, obsesionado por su obra y su transcendencia: "Escribo, escribo a manos locas". Llegó un momento en su relación con el chileno Roberto Bolaño donde había tanta complicidad en su forma de hacer y de comportarse que el autor del libro expresa: Eran literatura, vivían en la literatura, por su sangre corría la literatura y ésta era el centro de sus vidas.
Además Ory era muy particular en su relación con los demás. Se comportaba como un apasionado e intenso amigo o actuaba con total indiferencia, nada de medias tintas, bien es verdad que a veces practicaba el efecto guadiana y los afectos iban y venían después de años sin saber de determinados amigos, sin preguntar qué causa les distanció, aunque nadie duda de su capacidad de seducción.
A través de la biografía podemos descubrir a un poeta enamoradizo y díscolo, siempre indisciplinado, controvertido y narcisista. Destaca su falta de apego familiar, sobre todo con su madre. Su biógrafo llega a comentar: Si no destacó como padre, tampoco lo hizo como abuelo.
En cuanto a su relación con la política dice: No podemos afirmar que Ory fuese un escritor de izquierdas, pero sí que no era de derechas. Era un escritor "desafiliado" desde antes de su exilio.
Carlos Edmundo de Ory vivió en la burbuja de su mundo. Como poeta nunca pudieron incluirle en ningún grupo o corriente determinado y fue un verso suelto o un poeta puro. En algún momento Alberti sentenciará sobre él: "Qué buen poeta es, pero qué loco está" .
Su última pareja y con la que se casaría en una discreta ceremonia en el año 2.000 fue Laure Lachéroy, que fue su sombra: Precisaba de una compañera que le resolviera la vida diaria, mientras él salvaba su vida interior.
Podía seguir en este escrito compartiendo datos y expresiones ocurrentes que se suceden a través de estas casi seiscientas páginas, una biografía que reconozco me ha costado leer, un texto intenso repleto de citas y frases ingeniosas que, excepcionalmente, me he atrevido a sombrear con rotulador.
A partir de ahora el postismo ya no ejercerá para mí esa atracción por lo desconocido que antes tuve y que era como una asignatura pendiente. Aunque Carlos Edmundo de Ory es pasado, seguirá siendo un poeta raro pero siempre objeto de culto para los interesados por la poesía. Quizás desconocido y evidentemente extravagante, pero reconozco que cumple perfectamente los requisitos que Paseyro escribió en 1965: "La trinidad del poeta: tener talento, ser culto y estar loco".

Rafael Toledo Díaz


08/11/2018 | Rafael Toledo Díaz
 
     
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