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NO A LA FILOSOFÍA SIN LAS LENGUAS CLÁSICAS



Grandes estudiosos españoles, como José Gaos y Juan David García Bacca, sostuvieron hace ya muchos años la imposibilidad de aprender y enseñar filosofía sin un conocimiento bastante aceptable del latín y el griego. El actual gobierno, entronizado sin que el pueblo soberano haya dado su placet, hace una pequeña mejora de la filosofía al hacerla obligatoria en el segundo curso del Bachillerato de Ciencias, mientras las Lenguas Clásicas continúan prácticamente en la clandestinidad, como una pequeña comunidad de iniciados pitagóricos, anacrónicos e incómodos ante la barbarie gobernante. Hablar de la filosofía, sermón inútil y tedioso, no es lo mismo que hablar con la filosofía. Mientras el hablar de filosofía o de la filosofía requiere, únicamente, que descubramos su historia y sus filosofemas, hablar con la filosofía exige tener delante de los ojos los textos fundantes de la filosofía ( Anaximandro, Heraclito, Empédocles, Gorgias, Platón, Aristóteles, Epicuro, Crisipo… ) y que sea, con la experiencia y la rigurosa disciplina filológica que el trato con esos textos exige, como se ponga en marcha nuestro propia reflexión filosófica.
Ya el maestro Humboldt, el padre del plan de estudios de principios del siglo XIX,, de la gran universidad alemana, exitosa y triunfante hasta los años 90 del pasado siglo, vio en el griego el fundamento sobre el que construir todo estudio universitario, alejándose de toda utilidad inmediata a la que querían someter la universidad los poderes públicos y los reyes de Prusia. Los tres principios sobre los que construyó la universidad alemana Humboldt fueron la soledad, la libertad y los Estudio Clásicos. Y el éxito de la cultura alemana universitaria fue el desarrollo de esos tres principios, potenciando siempre la pura curiosidad intelectual y negándose siempre a ser lacayos de intereses extrauniversitarios.
Sólo la letra original conserva el tiempo de su escritor, proyectando sobre ella el mensaje consciente o inconsciente que cada discurrir del lenguaje escrito arrastra. La traducción cuidadosa conecta la sensibilidad o inteligencia individual con el mundo que el texto escrito manifiesta. Hasta tal punto el gran Heidegger se encomendaba a sus estudios de Filología Clásica ( sus comentarios a los stásima de la Antígona es lo mejor que se ha escrito sobre esta tragedia ) que sostenía seriamente que el destino de Occidente depende de la traducción de la palabra “eòn”. Nadie pudo expugnar su torre-faro de filósofo, amurallada firmemente con el Pauly-Wissowa.
En todo escrito filosófico original se reabsorbe la experiencia concreta de un autor instalado en una lengua, y prácticamente circunscrito a una historia y a unas determinadas condiciones de posibilidad. Ahora bien, de la misma manera a como el habla individual modifica o matiza los genéricos esquemas de la lengua, así también la Filología Clásica busca con afán la escritura que enclava en su semántica los ecos que, desde la historia singular, resuenan en cada personalidad, y nos revelan los filosofemas. Sin el estudio de las lenguas clásicas no existe filosofía. El propio Gaos afirmaba que el filósofo sólo puede exponer su pensar hablando por la boca de los clásicos. La materialidad de la palabra escrita no es nada si no es en función del espíritu filológico que ha de vivificarla en cada momento en que ha de ser algo más que fenómeno óptico, palabra escrita. El griego y el latín son la patria común de toda la gran filosofía universal. El propio Gaos nos puso ante los ojos, con su labor de traductor – sólo superado en España por Agustín García Calvo – y sutil comentador de los textos griegos un paisaje inmarcesible. Sus admirables anotaciones a Aristóteles ( adnotatiunculae ) y a los presocráticos están insertas en una visión de la filosofía griega en la que se ejemplificaba, a través del lenguaje del texto, la aventura de una interpretación en la que, con el extraordinario amor hacia la Filología Clásica, su autor nos iba a entregar lo mejor de sí mismo.
Filosofía sin Filología Clásica es un Anteo asténico sin el contacto con la Madre Tierra. La filosofía ha sido una creación der las Lenguas Clásicas en donde se ha expresado formas de entender el mundo y contenidos que sintetizan nuestro comportamiento en él. Y esto no quiere decir que la filosofía, vinculada permanentemente con los griegos, no encierre en sí una continua e inagotable posibilidad de actualización. Porque como diría Bertrand Russell: “La filosofía debe ser estudiada no por las respuestas concretas de cada época a los problemas tradicionales que plantee, puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera, sino más bien por el valor de los problemas de siempre”. Y una posibilidad de plantear con cierto fundamento el sentido de la filosofía en nuestros días consiste en examinar el quehacer de algunos grandes filósofos del pasado, y ver así qué analogías se podrían trazar con nuestra época. Por mucho que la filosofía contemporánea haya complicado sus propuestas y enredado sus planteamientos en la retícula de la sociedad presente, la filosofía nunca podrá por menos de revivir o descubrir el impulso inicial del que parte la aventura filosófica de los griegos.
Enseñar filosofía es, en el mejor de los casos, una conciencia lúcida y recreadora sobre los textos del pasado clásico. Dialogar con los clásicos, a través del aprendizaje de un método exegético básico, es la más alta actividad académica que puede tener la filosofía. El movimiento hermenéutico de Gadamer ayudaría sin duda a esto. La lección filosófica sin textos clásicos rompe cualquier esperanza de ilustración. Mientras el sistema educativo siga usándose como vil instrumento adoctrinador de la ideología o mundivisión partidista del gobierno de turno, la enseñanza seguirá empeorando y degradándose – no ha dejado de hacerlo desde 1970 -, y nuestras aulas continuarán siendo los ámbitos públicos en donde los partidos gobernantes impartan doctrina y rollos macabeos. Paradójicamente el último bachillerato franquista era mucho más democrático y en todos los sentidos académicos mucho mejor que éste, y, por tanto, paradójicamente más liberador de las ataduras de aquel régimen, aunque afirmar esto ya pueda ser un delito gracias a esos amigos de la libertad que son los socialistas sanchezistas. Considerar la filosofía como una actividad para enseñar al alumno a pensar es no sólo una impertinencia, por muy ilustremente kantiana que sea, sino también un objetivo abstruso y absolutamente etéreo, carente de cualquier utilidad. No se puede pensar si no se tienen pensamientos.


01/11/2018 | MARTÍN MIGUEL RUBIO ESTEBAN
 
     
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