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La seriedad tiene género femenino



"Cuando nosotras decimos que somos portavozas o jóvenas lo que decimos es que nosotras estamos en esta sociedad para construir este país”, dijo la portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid, Purificación Causapié, añadiendo que a cambio de todo ello las mujeres recibimos "discriminación, violencia de género, acoso sexual, agresiones sexuales y menor salario”. Para quejarse de discriminación, en primer lugar, hay que ser serias. Para quejarse de violencia de género hay que ser responsables. Y la responsabilidad debe extenderse a observar el debido cuidado en no hacer extravagancias que desvíen la atención del fondo del problema. Por esto, si Irene Montero dice términos como “portavoza” incurre en irresponsabilidad frente a las mujeres a quienes pretende defender. Para quejarse de comportamientos como el acoso sexual hay que ser severas. Y la severidad implica no frivolizar ni siquiera con el lenguaje. Si Irene Montero desea ser creativa con el leguaje que canalice su creatividad en otros ámbitos, pero no en defensa de los derechos de las mujeres. Decir “portavoza” y reafirmarse en ello implica la desautorización automática de todo su discurso. Es cierto que dicha desautorización suele proceder de la parte más necia y rígida de la sociedad, pero Irene Montero debería conocer la necedad y la rigidez social tan bien como sus propias consignas. Para quejarse de que las mujeres recibimos menor salario que los hombres hay que comportarse con profesionalidad, lo que implica conocer bien la sociedad a quien una se dirige y no derrochar esa peculiar creatividad lingüística innecesariamente. Por su parte, las indicadas palabras de Purificación Causapié apoyando el término “portavoza” no sólo redundan en la imprudencia sino que además delatan un profundo servilismo porque es capaz de comulgar con semejante rueda de molino con tal de congraciarse con los mandamases de su cosa. A pesar de todo, lo más contraproducente de todo ello no es la simple anécdota de decir el término “portavoza” sino la institucionalización del victimismo que subyace en estos discursos. El hecho de ser realmente víctimas de discriminación machista no conlleva necesariamente ejercer ese victimismo debilitante. La queja es un cheque en blanco que firma la víctima para que venga un salvador ¡y la salve! Quien busca un salvador lo encuentra y una mujer “salvada” es carne de una nueva violencia de género. Repetirá y repetirá la conducta victimista y vendrán nuevos salvadores que la rediman. De los depredadores emocionales se salva una misma, a ser posible, viniendo “quejada” de casa y evitando proyectar la queja públicamente como forma de lucha. La queja ubica al sujeto en el lugar del perdedor y ya no debemos ocupar esa posición. En definitiva, los micromachismos que se producen a diario crecerán más si cabe si se dicen macroimprudencias como la pronunciada por Irene Montero. Hay que ser más serias.

Abogada
elveladordeaurora.blogspot.com.es


12/02/2018 | Aurora Gómez Campos
 
     
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