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Barberías



Carlos y Javier regentan una modesta peluquería de barrio, son la segunda generación. Paulino, su padre, de forma natural y generosa, les inculcó el oficio a sus hijos y les dejó el negocio cuando se retiró.
Manchego de origen, Paulino seguramente llegó a esta moderna babel del sur metropolitano de la capital a finales de la década de los sesenta o principios de los setenta del pasado siglo. Como tantos otros, recaló en esta ciudad buscando un futuro mejor. Todavía le recuerdo cargando una enorme cartera de cuero donde guardaba los bártulos propios del oficio cuando llegaba resoplando a casa un domingo cualquiera del mes para cortarle el pelo a mi padre. Fueron muchos años ejerciendo este tradicional y noble oficio hasta que decidió pasar el testigo a sus vástagos. Ahora, como tantos otros jubilados, pasea y camina para mantenerse en forma además de cultivar una pequeña parcela de tierra. De vez en cuando se acerca por la peluquería y charla con los clientes de siempre, cuenta que ya le han salido las matas de habas y recuerda la poca cosecha de tomates que tuvo la pasada temporada. Le puedes ver sentado en un banco de la plazoleta donde saluda a cualquiera que pasa por allí porque conoce a mucha gente.
La actual peluquería masculina Muñoz es conocida popularmente como la peluquería de Paulino y, aunque a través del tiempo se ha modernizado, apenas ha sufrido grandes transformaciones, sigue siendo funcional y modesta, alejada de las luces de neón de las nuevas franquicias de los salones de belleza unisex. En ella, a pesar de que ya cuenta con un monitor de televisión para entretener a los clientes, se sigue cumpliendo esa función social que supone la conversación, el diálogo e incluso el cotilleo, un lugar donde poder tomar el pulso al barrio y al estado de la ciudad.
Esta función de socializar con los demás a través de la conversación mientras esperas en la peluquería me retrotrae a escenas de mi infancia. Recuerdos grabados en la memoria de cuando acompañaba a mi abuelo a la barbería de Pepe el "Sordo", un establecimiento que estuvo situado en la calle de la Libertad haciendo esquina con la calle del Convento en Valdepeñas.
De aquel lugar me impresionaban los enormes sillones con reposa cabezas y un banquillo servía para poner a la altura suficiente a los críos que allí nos dejábamos pelar con alguna lagrimilla que otra, casi rígidos para que no nos hiciesen un trasquilón. Todavía recuerdo al "Sordo" con su chaquetilla blanca y su excelente manejo de muñeca portando una afilada navaja para rasurar aquellas barbas de muchos días.
Por aquellos años la decoración del establecimiento apenas podía pasar de carteles de toros, almanaques que representaban paisajes, bebidas o quizás alguna chica ataviada con un pudoroso bañador de la época. Los fines de semana había que pedir número porque los hombres del campo, jornaleros y gañanes, a la vuelta de la quintería, deseaban acicalarse tras muchas jornadas de duro trabajo a la intemperie.
Cada corte de pelo y afeitado suponía un ritual, desde que el barbero te invitaba a sentarte en aquellos tronos plebeyos. Una ceremonia completa era embadurnar la cara con la brocha y el jabón, el delicado tacto de los dedos del Sordo estirando la piel y manejando con pericia aquellas navajas con mango de nácar, qué decir de las rudimentarias maquinillas de cortar el pelo, nada que ver con las modernas e inalámbricas máquinas de afeitar.
En aquel tiempo era recomendable ir a la barbería sin tiempo, porque aquellos minutos servían para saber qué había pasado en el entorno cercano del barrio y del pueblo, conversar era más importante que las prisas y la precipitación actual.
Seguramente en aquella peluquería-barbería de mi infancia, ésa que inconscientemente me recuerda a mi abuelo, se hablaba más de toros que de fútbol, se comentaba mucho sobre las faenas agrícolas, de la siembra, de la poda, de la siega o de la vendimia, de la cantidad de cepas de tal o cual majuelo, del estado de los caminos, de mulas y de carros y siempre del tiempo, de las heladas o de la falta de agua. Rudos hombres ataviados con camisas de tirilla en verano y gruesas pellizas en invierno, con los eternos pantalones de pana recosidos y parcheados, confraternizaban tirando de petaca, liando pitillos y fumando sin filtro.
En aquel tiempo de la dictadura y, aunque la posguerra iba quedando atrás, en un lugar público como la barbaría del Sordo no se hablaba de política, apenas nadie se atrevía a mostrar sus ideas por temor a que fuese señalado.
Ahora en la peluquería de Paulino levantamos la mirada hacia el televisor y tampoco se habla mucho de política, más que nada porque nos aburre, decepcionados por la falta de ideas de nuestros gobernantes, de su mediocridad y ese pobre escaparate que nos ofrecen, donde todo es cambalache y mamoneo.
Carlos me pregunta si me repasa las cejas y me recorta el bigote, yo asiento con la cabeza y me dejo hacer, después pasa el espejo por mi nuca y doy mi conformidad a su trabajo. Salgo a la calle y tengo una mayor sensación de frío, pero también auto satisfacción, parece que me han quitado un peso de encima y eso que han sido unos pelos de nada.


18/01/2018 | RAFAEL TOLEDO DÍAZ
 
     
 
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