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Ruben Darío



Cien años han pasado desde la muerte de uno de los más grandes vates y mejores oídos rítmicos de la Literatura Universal, Ruben Darío. Amamos a Ruben Darío casi desde la leche materna, cuando éramos acunados con “Los Motivos del Lobo”. Pero ya es un poeta que no puede leer la ignara turba de los adolescente españoles logsizados, apartados de las lenguas clásicas como de una peste liberadora – una peste mental, claro -, al no poder entender la soberbia y elegante estructura rítmica métrica sobre la que se montan los poemas más emblemáticos del genial y sensual poeta nicaragüense. El oído sublime de Rubén trajo al ascético timbre castellano los aires eutrapélicos y optimistas de Grecia y Roma, organizados en pies, con sus ictus o sus arsis. Y aunque es verdad que grandes poetas del Barroco español (Góngora) y del siglo XVIII (Meléndez Valdés) experimentaron con el mágico metro y la prosodia greco-romanos, sólo el prodigioso Rubén ha llegado a la pasmosa naturalidad cuando compone sus poemas inmortales desde la alada métrica clásica. Y nadie después de él ha conseguido esa divina naturalidad que sólo el don divino de Rubén brindaba. Yo siempre he pensado que su crianza a los pechos de una tía abuela rodeada de pianos, de innúmeros plúteos rebosantes de libros encuadernados en piel multicolor, terciopelo o alas de mariposa, y de versallescos jardines con lagos por los que surcaban los cisnes unánimes hizo de Rubén un perfecto mamotreto sensualote en el que se encarnara Horacio. Y de la leche tibia de los pechos soberbios de las mulatas que en aquella casa desquiciada trabajaban sacó Rubén el milagro del ritmo clásico. Poetas como Agustín García Calvo llevaron sus experiencias poéticas a nuevas estructuras métricas del legado del Mundo Clásico que Rubén no probó, pero desgraciadamente de las manos del genio zamorano no salen con la grácil frescura y natural lozanía con las que salen, como espontáneamente, de las manos demiúrgicas del divino nicaragüense milagroso, mamotreto de mulatas abuelas olímpicas con pechos de ambrosía, reencarnación quizás de un superdotado lírico griego, sino muy desmayadamente académicas, hipoacúsicas y rígidas.
Rubén Darío se atrevió con el hexámetro, con el dístico elegíaco, con la estrofa sáfica, con los trímetros y dímetros yámbicos, con los coliambos, con los glicónicos y ferecracios, con los coriámbicos, con las estrofas alcaicas, con los asclepiadeos, y encima dotándoles de melosas rimas. ¡Versos edénicos del gran Rubén!
Difícil es ya a estas alturas de barbarie socialista-podemita levantar un nuevo encomio a Rubén, tan sólo repetir quizás la inscripción lapidaria en el cenotafio de mármol numídico de Maquiavelo: “Tanto Nomini Nullum Par Elogium”.
Tenía la voraz costumbre Rubén de añadir poemas a las ediciones siguientes de sus obras inmortales. Así, el texto primitivo de Azul (1888) se enriquece con adiciones en las siguientes ediciones, y lo mismo pasa con Prosas Profanas (1896), que van creciendo hasta la edición de 1901, y quizás más allá. Lo mismo ocurrirá con sus obras siguientes, lo que ha producidos locuras, soponcios e infartos a sus aristarcos, críticos y comentaristas sin cuento. Rubén no sólo es inabarcable con sus poemas, cuentos, artículos y sus Cabezas cortadas de hombres ilustres, sino también indomesticable. Así, nadie sabe con exactitud cuándo compuso sus Horas Fugitivas.
Después de las criadas mulatas de grandes pechos de terciopelo de leche, Rubén tuvo tres mujeres que encauzan su sensualidad de divino artista: su primera mujer, Rafaelita Contreras, muerta en plena juventud, y que dejó un sabor fúnebre indeleble de azúcar en sus versos, Rosario Emelina Murillo, su segunda mujer, y su amante española de rompe y rasga, remedo de heroína de Merimée, Francisca Sánchez.
A pesar de su profesión de diplomático, pocos son los ministros de Estado que han viajado tanto como Rubén, que tuvo su casa en cinco maletas, homo viator por excelencia, infatigable, indesmayable, de curiosidad infinita, tan insaciable de paisajes como de sexo con “las silfas de Estambul”, el más grande poeta cosmopolita, pero con amor inmenso a su patria natal que no habitó prácticamente. Y si murió en León de Nicaragua el 6 de febrero de 1916 fue por pura casualidad y regalo de las diosas protectoras. Rubén Darío es ya un clásico en el sumo sentido consecratorio.
Nos llama mucho la atención, ya desde sus primeros poemas de 1880, su profunda religiosidad y su naturaleza profundamente católica, que tan bien le cuadró siempre en su personalidad y naturaleza de pecador siempre bueno, “que apoteosis del hombre es el Calvario”. Este acendrado catolicismo fue siempre compatible con un violento antijesuitismo, tal como dice en sus versos: “El jesuita es Belcebú/ que del Averno salió”. Y tras las torvas blasfemias que hoy estamos padeciendo, ¿qué diría el poeta que escribía “¡Cristo, Cristo!...Ya de ti/ se burla esta gente extraña,/ su corazón vierte saña,…”
Políticamente, Rubén Darío se declaró en sus versos de bronce desde 1881 liberal y demócrata. Entonces el término “democracia” era un vocablo recién estrenado. Y efectivamente siempre fue un demócrata liberal convencido, aunque esto, ciertamente, no tenga nada que ver con su egregia producción artística, mundo en que la dorada mitología clásica se funde con su formidable imaginación que galopa en metro grecorromano, y de la que emergen bajo la luz más esplendente palacios de jaspe bizantinos y templos octástilos anfipróstilos y perípteros.
Rubén Darío navegó siempre entre la epopeya clásica, el himno con el quemante soplo de lo invisible, el poema bizantino de ropaje rozagante donde viven las princesas vaporosas y la reflexión filosófica muy cercana siempre al pensamiento cristiano. Con frecuencia es el héroe el protagonista de su época modernista, obviamente, así como su admiración por su sobrehumanidad, sostenida contra viento y marea ( Caupolicán, Francisco de Asís, Simón Bolívar, Morazán, Máximo Jerez, Gerardo Barrios, Justo Rufino Barrios, Zaldívar, Cárdenas, etc. ). La “libertad” es también a menudo la verdadera heroína rubendariana de su épica. Libertad, víctima trágica de la lucha, y a menudo no inspiradora de los bandos en pugna, sino sólo engañosamente. Pero lo falaz es ontológicamente incompatible con lo épico clásico.
Venturi eum legent: Ruben Darius noster
vivet et a nullo tenebris damnabitur aevo.


20/02/2016 | MARTÍN MIGUEL RUBIO ESTEBAN
 
     
 
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