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Canto gregoriano en el Museo de la Fundación Gregorio Prieto



El pasado sábado tuvo lugar el anunciado concierto de Canto Gregoriano, a cargo de The Gregorian Chant Choir of Spain, en la sala de dibujos del Museo de la Fundación Gregorio Prieto, decorada para el acto con algunas de las valiosas tallas de la colección de " Espíritus Santos” que posee la Fundación.
Dirigidos por el prestigioso y galardonado Ismael Fernández de la Cuesta, los interpretes, siguiendo el programa elegido para este concierto, reconstruyeron la música de una misa -la de Pentecostés- tal como pudo cantarse en los siglos XII- XIII.
En la nota del programa de mano del concierto, Ismael Fernández de la Cuesta ilustra sobre algunos aspectos históricos y técnicos de este estilo musical: " Se trata de la “Misa de Santa María”, cantada en canto gregoriano con discantos entresacados del famoso códice polifónico copiado a fines del siglo XIII para uso del coro de monjas de uno de los monasterios más emblemáticos de la Edad Media castellano-leonesa, el de las Huelgas de Burgos. Esta misa, así cantada, es del todo apropiada para ilustrar un Congreso que reúne a los estudiosos de las más importantes religiones. En el interior de los muros de los recintos sagrados de las iglesias cristianas, la música llevaba a sus moradores al mundo del más allá, donde lo imaginario se hacía vívidamente real gracias a una liturgia solemne cantada que, místicamente, trasladaba el cielo a la tierra.
Para un historiador y músico profesional, el Gregoriano es el canto que mejor define la cultura occidental de la música: la de Guillaume de Machaut, Josquin des Prés, Francisco Guerrero, Monteverdi, Mozart, Mendelsohn, Listz, Debussy, Britten y, también, la de Juan Sebastián Bach. Es la espina dorsal que ha hecho sostenible en Occidente la prodigiosa evolución de la música durante el último milenio.
Adoptado por los carolingios a fines del siglo VIII de nuestra era tras las oportunas reformas, un canto litúrgico importado de Roma fue difundido a todo el Occidente latino con la marca de “gregoriano”, por atribuirse su composición a San Gregorio Magno (+604). Aquí empezó realmente el vertiginoso proceso de este canto como protagonista de nuestra cultura. En la carrera para introducirse en toda la cristiandad, gracias al impulso interesado de los emperadores y de los papas, se produjeron los hechos que han sido capaces de diferenciar la música Occidental con respecto a la de culturas tan elevadas como la árabe, la china y tantas otras más. El nuevo canto se ahormó al diatonismo, es decir, sus sonidos hasta entonces flotantes en la memoria y en la voz de los intérpretes, quedaron fijos en la escala diatónica, que es la que hoy usamos, inventada el efecto; se experimentó con éxito un código de escritura musical, el actual; nacieron de él nuevas formas y técnicas compositivas (tropo y canción del trovador “tropator”, contrapunto y polifonía, consonancias y sistema armónico) que sólo el paso del tiempo y los autores perfeccionarán; y quedó el propio canto como referente inexcusable de la composición, al menos hasta el siglo XVIII. Nuestros arquetipos auditivos, los de nuestra cultura Occidental se han formado en el diatonismo mientras nuestros ancestros cantaban y escuchaban día tras día durante más de diez siglos la misma música. El Canto Gregoriano fue durante muchos siglos el canto propio de la liturgia cristiana, de manera que el propio J. S. Bach, aun siendo fervoroso luterano, recibió directamente la influencia de este canto en su gigantesca obra religiosa.
Comoquiera que el canto gregoriano ha dejado de tener una función real en la liturgia de la Iglesia católica, actualmente se ha adueñado de él la sociedad civil, en cuanto música que, por ser la célula generadora de la tecnología usada en la composición a través de los siglos, es considerada columna que vértebra el gigantesco edificio histórico de la música Occidental. Por esta razón, en nuestros días se ha producido el tránsito desde el ámbito sonoro propio que eran las iglesias, a las salas de concierto.
La circunstancia de celebrar en estos días la fiesta de Pentecostés nos lleva a programar para la audición de hoy la misa gregoriana correspondiente a este día litúrgico de los cristianos.
Pentecostés es considerada por la Iglesia católica como la tercera Pascua, tras las de Resurrección y de Navidad, una fiesta de extraordinaria solemnidad. En ella se conmemora la venida del Espíritu Santo, cuando los Apóstoles, estando reunidos en el Cenáculo, recibieron la fortaleza de espíritu par ir a predicar el Evangelio por todo el mundo, como Cristo les había mandado. Esto ocurrió cincuenta días después de la Resurrección. De ahí el nombre griego de “Pentecostés” que significa ‘quincuagésimo’.
En este concierto reconstruimos musicalmente una Misa de Pentecostés tal como se cantaba en las grandes iglesias de la Edad Media, por ejemplo en esta catedral de Vitoria. En siglos pasados, una Misa festiva era enteramente cantada, si por canto entendemos también, como debe ser, los recitados de las oraciones, las lecturas y las aclamaciones. La Misa de este concierto no incluye estos recitativos, sino solamente los cantos del Propio y del Ordinario. Los cantos del Ordinario serán los que durante el Renacimiento y hasta nuestros días integrarán la que hoy llamamos Misa polifónica.
Los cantos de la misa de Pentecostés, como todos los de las grandes fiestas litúrgicas, poseen una notable inspiración. Los maestros cantores pusieron lo más elevado de su inspiración en sus ornamentaciones.
El canto gregoriano de este programa se realiza, en gran parte, con discantos. Los discantos son ornamentaciones que se hacían sobre la melodía del canto llano, el cual quedaba invariable. Intento recuperar así un modo de cantar abandonado durante los dos últimos siglos, del que todavía en el siglo XVIII y XIX encontramos interesantes aunque muy tenues vestigios en Europa, por ejemplo, en la catedral de Toledo y, según cuenta Félix Mendelshon de su viaje a Roma en 1830, en la capilla Sixtina del Vaticano.
Algunos de los cantos de esta Misa contienen tropos. Eran letrillas introducidas a modo de glosas en el interior mismo de las piezas cantadas tradicionales. La composición de tropos en lengua latina alcanzó un éxito extraordinario durante los siglos X al XII, de tal manera que a los poetas que componían versos en lengua vulgar se los llamó “tropatores”, esto es, trovadores, a imitación de los que lo hacían en latín para la liturgia. En época algo más avanzada estos mismos tropos eran adornados también con discantos. Los discantos evolucionaron hacia la polifonía clásica y el contrapunto de nuestra composición occidental moderna. De los tropos no ha quedado práctica en la liturgia romana. El Concilio de Trento mandó, en el siglo XVI, que se suprimieran. Tan sólo quedaron unos pocos testimonios. Entre ellos destaca la secuencia del Espíritu Santo de la Misa de Pentecostés que incluimos en el programa de hoy tras su Aleluya correspondiente, Veni Sancte Spiritus.”


27/05/2013 | JARAIZ
 
     
 
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