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Joven ilicitano, de Joaquín Brotóns



Llega hasta nosotros una nueva entrega de Joaquín Brotons: el relato-poema “Joven ilicitano”, prologado por Jesús María Barrajón y publicado en Valdepeñas con el número 1 de la Colección El Impresor.
El poema en prosa tiene como tema central y único el amor nacido, compartido y frustrado entre dos amantes, uno de ellos el poeta, que se desnuda, una vez más, ante nosotros ofreciéndonos su vida hecha poesía, sin concesiones, aunque narrada con bellas imágenes y metáforas.
Brotons, a sus más de cincuenta años, sigue entregándose sin reservas a la posibilidad de un amor “eterno” que siempre resulta efímero, aunque, mientras dura, supone toda una eternidad contenida en un segundo. Y todo ello es lo que plasma en palabras para hacernos partícipes de ese sueño que llegó a tocar con la yema de los dedos y que luego, en la resaca del desamor, intenta fijar y drenar para que los días sigan siendo posibles. Un mismo intento ya ensayado en “Adiós, muchachos”, su anterior poemario.
Nos dice Jesús María Barrajón, en el Prólogo, que la poesía de Joaquín Brotons ha sido siempre “un ejemplo de vida volcada en los renglones de su literatura, la traslación directa de lo biográfico en el poema”, deshaciéndose del previsible pudor, lo que le caracteriza, de manera inequívoca, como romántico. El tributo que ha de pagar por esta opción es la marginación, independientemente del valor de su obra.
En “Joven ilicitano”, el poeta se sirve de todas las imágenes y recursos disponibles para describirnos y hacernos llegar lo vivido, en su nacimiento, plenitud e imposibilidad de futuro. También está presente el germen e impulso de vida mientras fue posible, y la muerte que trae su final, empujando nuevamente al no amado a un estado de postración, dolor, soledad y nada en el que anteriormente se encontraba, pero con el lastre recrecido por un nuevo desengaño.
Joaquín nos narra lo vivido, “hablando” con su amante, e intenta descargar la amargura de su corazón, escenificando su drama ante un “público” afín u hostil, que eso poco importa al poeta-amante, si es escuchado. Los riesgos y sus consecuencias las tiene asumidas por adelantado, pues él ya es ducho en repudios y soledades.
Le dejaremos hablar directamente, entresacando lo dicho en estas breves paginas, deseando que su apuesta siga siendo acertada y que su coherencia obtenga como recompensa un espacio acogedor y abierto en donde sea posible seguir haciendo “nacer” los versos.
“Yo vivía en la fría cárcel del desamor, en la que me ahogaba en un océano de alcohol; sobrevivía en una cueva mazmorra lúgubre, tenebrosa y húmeda…, hasta que llegaste tú, joven ilicitano de cálida sonrisa y labios estivales, que iluminaste con tu esplendor vitalista y solar mi vida…
Creí ciegamente en tus palabras y me entregué en cuerpo y alma, me inmolé en el placentero altar de los sueños…
Te coroné y adoré, amor mío, como un dios -eras mi dios del Olimpo, mi Apolo- con pámpanos y uvas en la alta noche báquica, en la que en las viejas tabernas bebíamos el vino empalagoso, dulzón de la felicidad…
Después, al alba, ya ebrios de amor y pasión, paseábamos abrazados bajo la luna violeta por las calles largas y silenciosas de mi ciudad-isla…
Nos amamos durante tres meses en un loco, furioso y arrebatador e intenso amor-pasión…, pero inexplicablemente todo lo destruiste con un frío mensaje de móvil, con un violento hachazo: “…No tengo claro que lo nuestro siga adelante…”.
Tras la ruptura, sobrevino, como un violento huracán que sólo deja a su paso muerte y dolor, un nuevo brote depresivo…
Ahora, cuando ya el otoño muestra su cara más afligida anunciando el frío invierno, evoco aquellas noches irrepetibles…
Amor mío, sé feliz, mientras yo envejezco en soledad rodeado de recuerdos, que laceran mi corazón roto…
Y recuerda siempre -no lo olvides-, que nadie te amará como te amó el poeta…
Adiós, amor-amigo, amor-amante…”.
Entrelazando todo, las metáforas, que salpican y configuran el texto. Hasta la próxima, Joaquín.


04/05/2007 | Esteban Rodríguez Ruiz
 
     
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