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Mi homenaje a la pintura de José Antonio Rúa



Conozco a José Antonio Rúa hace muchos, muchos años y, por fortuna, nunca estuve alejado de su obra, de su casa, de su familia. Conozco igualmente lo que hace, lo que pinta, lo que investiga desde mucho, mucho tiempo atrás. Y conozco su afán, su buen afán por alumbrar cosas nuevas, por plasmar en el lienzo lo que su imaginación atrapa, por encandilar a los espectadores con su manera de interpretar lo que hay a nuestro alrededor, en la naturaleza, en el hogar, en el campo, en la vida. Decía ese gran poeta que es José Antonio Muñoz Rojas que en el campo, en las cosas del campo, está la vida. Pues José Antonio Rúa encuentra los perfiles de la vida en los objetos que pinta, en los paisajes que muestra, en los caminos que serpentean, en la silla abandonada que espera al que viene a descansar en ella.
Rúa pinta para decirnos lo que su corazón y su cerebro detienen como recuerdos, abandonándolos luego en el espacio del lienzo. Y es que José Antonio Rúa quiere hacernos palpables el movimiento de las cosas, de las ramas de los árboles, la energía existente en el agua, en las cepas de nuestros campos y la exasperante quietud que hay en los objetos almacenados en la alacena, en la cocina, en el amplio hogar. Los cuadros de Rúa son, en suma, una formidable aventura para los ojos del espectador.
Le prometí a Rúa escribir un comentario sobre su pintura y lo he ido postergando sin razón alguna. Lo hago hoy como mejor puedo, con la ilusión de ofrecerle mi tributo a su espléndida obra y como homenaje a la condición humana, dolorosa y brillante, de la que tanto sabe y conoce José Antonio Rúa. Su exposición en Tomelloso, en agosto último, fue, como en tantas otras anteriores, o como la que mostrará ahora en Valdepeñas, atractiva, rigurosa, llenos los cuadros de un realismo veraz, suave y, a veces, engarzado a énfasis discursivos. Dedicaba la exposición de Tomelloso, como homenaje póstumo, a su hija recientemente fallecida y, había en ella, un óleo hecho con primor y frescura, en el que se advierte la maestría del pintor, junto a la humanidad y cariño del padre. Las telas, los encajes, el cestillo con la fruta, el semblante de la hija, la manera con que envuelve la figura femenina expresan el sentir de un artista que, al tiempo, conforma una atmósfera plena de calidez y esencialmente bella. Nada que no sea humano está fuera del cuadro.
Lleva José Antonio Rúa décadas pintando, ofreciéndonos en cada obra el esfuerzo personal de traernos los rumores del paisaje, los misterios que la providencia ha puesto en las cosas, en las mínimas y en las grandiosas. Rúa es infatigable en la lucha por encontrar el eslabón entre la hermosura del campo o de la ciudad y la expresión artística, esa expresión, la suya, la que lleva íntimamente ligada a su forma de ser.
Rúa ha alcanzado numerosos premios. Rúa ha estudiado a los impresionistas franceses y, en ocasiones, ha seguido el camino de éstos. Rúa ha investigado a los clásicos, se ha introducido en el mundo del color y en la grafía de los grandes dibujantes, Rúa admiraba a Gregorio Prieto en la manera de dibujar, Rúa ha hecho incursiones en la forma de hacer de las vanguardias. Rúa ha sido y es un inquieto artista que se ha hecho así mismo, que sabe guardar distancias con todos enarbolando su propia bandera.
Que siga así, proporcionándonos la inusitada belleza de su obra, que siga trabajando continuamente pues, como decía, más o menos Carlos Baudelaire, la inspiración, el soplo divino, se encuentra laborando todos los días, cosa que hace José Antonio Rúa salvando la zozobra de cada jornada, subiendo el escalón del desasosiego, agarrándose a ese clavo ardiendo que es la vida de cada uno y la de los otros, la de los próximos. Se lo deseo de corazón.




02/11/2006 | Antonio Sánchez Ruiz
 
     
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