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Taberna La Pincha y las Siete Esquinas



Uno de los barrios más populares de nuestra querida Valdepeñas, es sin dudar el que hace referencia al título que encabeza nuestra modesta colaboración de hoy. No en vano, una coplilla de aquellos tiempos decía más o menos así: Bautizao con vino tinto//Lo mejor del mundo entero// he nacido en Valdepeñas y por eso soy Manchego// Viva el Puente de los Llanos// San Juan y las Siete Esquinas// la taberna de la Pincha y el cercao de Chuscarrina// etc.
Sagrario Grueso Morcillo, más conocida como “La Pincha” alias o apodo al que pocos valdepeñeros escapamos y, que no siempre aceptamos de buen grado -No es este el caso-. Así se llamaba esta Señora que, durante tantos años regentara dicha taberna que hoy evoca nuestros recuerdos y, el de no pocos lectores. Según hemos podido recabar de sus familiares, el apodo le venía de su marido, Isidoro Araque, conocido popularmente como “El Pincho”.
Nace Sagrario en 1887, falleciendo el 4 de Abril de 1969 con 82 años de edad tras una vida intensa de trabajo. En lo poco que la conocimos y que hemos recabado de ella, podemos dar fe de que era una mujer muy solidaria para con sus semejantes. Un barrio obrero donde nunca sobraba de nada, era propicio para el socorro y condonación de pequeñas deudas dada la precariedad de muchas familias del entorno. Ella, Sagrario, estaba allí para paliar en lo posible algunas penurias con su pequeño y, más o menos, boyante negocio-taberna.
Taberna popular donde las hubiera. El mundo del trabajo, madrugador, solía parar al despuntar el alba a tomar aquel café de puchero y una o dos copas de Coñac, (cuando éste aún podía denominarse así en España) hoy Brandy, para partir a los diferentes puntos de trabajo con el cuerpo tonificado y afrontar con ánimo el esfuerzo nada baladí en aquellos tiempos. También se servían vinos de la tierra, mistelas y vermú, además de chalanear de lo divino y lo humano bajo el entorno de las Siete Esquinas. Poco hemos cambiado en este aspecto, los españoles seguimos teniendo el bar como lugar de cita o reunión para departir de la vida en general.
Después, esta emblemática taberna estuvo regida unos años en alquiler por Vicente García, perdiendo sin duda el predicamento que alcanzara bajo la dirección de Sagrario y, quedando reducida a una mera tasca.
Es en 1980 cuando el constructor Juan de la Cruz del Pozo, más conocido como “El Miajero” adquiere este histórico local ya semiderruido y, construye lo que es hoy, Café Bar Casa Juan, pasando a ser alquilado durante un periodo aproximado de ocho años a diversos hosteleros locales. Es el cinco de Marzo del 1889, cuando y, una vez licenciado del servicio militar, Francisco Díaz Maroto toma las riendas del negocio, también bajo el régimen de alquiler, dándole un aire fresco e innovador al local. Apenas transcurridos dos meses se incorpora su hermano Juan, dado el buen cariz y la afluencia masiva del público. Lugar reconocido por sus excelentes tapas y raciones así como de sus exquisitas comidas por encargo, debido al merito del cocinero Santiago Hervás, conocido en el ambiente como Santi. Es entorno al año 2000 cuando estos hermanos adquieren el Bar en propiedad después de haberlo tenido alquilado durante once años al citado constructor. También por esas fechas, son los padres de ambos, Ceferino y Ángela, quienes adquieren el piso adyacente que formaba parte de la famosa taberna. Familia esta, querida y respetada en el barrio por su buen hacer y exquisito trato al cliente.
Nos cuenta el constructor que, de siete esquinas, pasaron a ocho por el capricho del Aparejador Municipal Miguel Garrido, que diseñara el proyecto del nuevo edificio y que, como puede comprobarse; consta de un chaflán que da acceso al bar. Sin embargo, el lenguaje popular siempre identificó este lugar como las Siete Esquinas. Muchas cosas podíamos contar del entorno, como la famosa fábrica de alcoholes de orujo, sita en una de las susodichas esquinas, cuya dirección fuera de Federico de la Calle Giménez. Un poco más arriba, en el vértice que separaba las carreteras de Villanueva de los Infantes y Cózar y, antes de que fuera construida la actual gasolinera, se asentaba la posada de Serapio Huesca y su esposa Ángela Jiménez, lugar muy concurrido por entonces haciendo las veces de hospedaje de huéspedes y animales de tiro, caballos, mulas y carros de la época a las gentes y mercaderías de pueblos colindantes del Saliente. Allí tenía lugar la compraventa y acuerdos de todo tipo de enseres y animales. El calor de la lumbre, una comida caliente, regado todo ello por el vino patrio, era sin duda el lugar más propicio para el acuerdo ventajoso, sin duda, para ambas partes.
Anejo a estos edificios se encontraba ubicado el colegio de San Nicasio que formara a los jóvenes del barrio. En la actualidad, y unido al huerto que fuera propiedad de Alfonso López y María Alcaide, se alza nuestro Auditorio Municipal junto a los bloques de viviendas que construyera la Junta de Comunidades hace unos años. También y de reciente creación, la Plazoleta de recreo a cargo de nuestro Consistorio, frente al Centro de Salud en Calle Bataneros.
Nada queda de todo aquello. La modernidad impone sus ritmos y, al paso, también nosotros nos vamos yendo.
Agradecer en especial al citado constructor (ya en la reserva) Juan de la Cruz, su importante colaboración y memoria para el diseño de estas letras. Cuarenta años no es nada, que dice el tango; esos son los que lleva viviendo en el barrio este servidor de ustedes.



09/10/2018 | Paco Ortega
 
     
 
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